El Barón de Escandinavia

El Barón de Escandinavia

Sí, puedo perfectamente recordar que sucedía en la noche por el ruido preciso y espectacular -que aún estalla en mi rostro- de los espolones de la guardia de corps, difícilmente sujeta a sus señores en unos tiempos, aquellos de los que os hablo, sembrados del desorden y la más indisciplinada nocturna diversión desconsiderada. Nos sentamos, mi protector y yo, en el banco frontal a la iglesia Nazarena, y allí escuché, arrobado, el maligno relato. Él había conocido bien al Barón, y de aquel trato su conocimiento tan pormenorizado del color rojizo que tenía en el pelo y el amor antinatural que aún le profesaba.

Hubo un rasgo en la historia, con todo, que me asombró: el lobo calzaba medias en lugar de mirliflores, como suele ser habitual, y la princesa, no siendo una belleza deslumbrante, se negaba una y otra vez a hacerse pasar por coqueluche y por amante de la Bestia, ignorando la tonta que estas uniones un poco fuera de lo normal siempre reportan después grandes beneficios, y renombre.