Henry James

Henry James

De mis postreras deducciones llego a pensar que este escritor mantuvo -durante mucho tiempo- una compensación onírica.

Parece ser que todo sucedía de la siguiente forma: a los pocos minutos de entrado en la Caverna, y con operaciones envidiables, muy extrañas, de pulgares cruzados, chasquidos de la lengua, silbos desacordados, el fulgor permanente de una lámpara azul, se presentaban en la estancia unos cuantos sujetos -protagonistas de los hechos-, bien adiestrados para aquello por embozados de tradición.

En los últimos años, por lo menos, las imágenes fueron siempre las mismas (y también el lugar de la escena): un pájaro ideado, con el plumaje al viento, reconstruido en cera, plástico y cartón, hermosísimo objeto de cuyo resplandor la habitación súbitamente se encendía; un hombre deformado, con la cara rayada y ostensible carencia de curvas, cualquier ángulo, cabello, ojo izquierdo y palabras ( sin vestido adecuado, torpemente aliñado, y sin dientes, sentado en una tabla, difícilmente habituado al fluido carnal de aquella casa); y -por si elegir fuera ya fácil- una tercera instancia, la de la reflexión ajena a la belleza, que suscitaba una forma débil y cenicienta, unas tablas de ley, plumas pintadas, restos de muebles que sostuvieron una preciosa culpa, los polvitos de magia que ya no cambian nada.