Juego de disfraces

Juego de disfraces

Desmadejado, desaparecido mi control sobre una cabellera en alboroto que opta a menudo por resoluciones distintas a las del sistema motriz,

penetro en la desértica extensión de los telares y en el depósito de las almas muertas, que sostienen resignadamente colores de lapislázuli y cartonajes con memoria particular, mas desechada, raídos, túmido, ominosamente numeradas, delicadamente sustraídos de tono, agrietados, por ajena voluntad borrada.

En los pasadizos de la trastienda no únicamente duele el hallazgo de frondas que treparon vertiginosas escalones de mármol despintado o la arboleda que poseía poseía articulaciones mecánicas para asustar y hacer caer de su caballo a la Joven Furtiva que eligió las incertidumbres de un Caballero sólo recientemente armado,

pues tal vez con semejante desafección encontráramos el mascarón de proa que puso en pie a toda una generación y los nimbos algodonosos que por primera vez llevaron a muchos a pensar que quizá no todo consista en arribar al propio domicilio una vez la obra terminada y revolverse entonces pesarosos entre las engañosamente mullidas plumas del jergón. Vuelta la espalda a un creciente clamor de asentimiento que invade la platea, navego con vacilación un estrecho cuarto de luces y el camarín de la estrella, dejado intacto en su crepúsculo de noche resonante y con la misma argolla aún, sujetando los muslos que trastornan y aquella máscara de labios curvados hacia abajo, poseedora del secreto que desencadenó guerras.

Decretada mi extinción por ocupantes de los palcos más celebrados, dudo acerca de enfrentarme a la conjuración mortal de luces que convergen en el proscenio,

o practicar (sea por una sola vez!) la compuerta de hierro que conduce al callejón de la Mala Conducta y hace evitar la probablemente desmerecida dialéctica de la palestra.