Al volver de las rocas, donde sopla la brisa y estrella el mar el agrio navío de su aroma, la prolongada queja de un tren lejano abate mi corazón rendido de pañuelos y adioses. Y si amo el instante que de ti me separa y cedo a la delicia de su ingrata hermosura, que expirará mañana entre humo y abrazos; si de nuevo renuncio a quedarme contigo en la vida que oprimen con su broche los días y convierte al amor en una estatuilla de sal que se derrumba en un jardín estéril; si elijo el gallardete de la pena, y el mundo continúa lo mismo de bello porque es triste con sus nubes sombrías y sus húmedos bosques, es sólo porque debo perderme totalmente y arrojar la amargura tan dentro de mí mismo que por ella, algún día, sepa al fin que he vivido. * * *