Si la tarde no altera la divina hermosura de tus oscuros ojos fijos en el declive de la luz que sucumbe. Si no empaña mi alma la secreta delicia de tus rocas hundidas. Si nadie nos advierte. Si en nosotros se apaga toda estéril memoria que amengüe o que diluya este amor que nos salva más allá de los astros, no hablemos ya, bien mío. Y arrástrame hacia el hondo corazón de tus brazos latiendo bajo el cielo.
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