Decías que querías llevarme entre tus manos -yo besé esa locura, yo la lloré y la quise-, como a un frágil lucero de amor alucinado; casta palma y abierta que irradiase en tu noche. Y vi cómo la alzabas, cómo su luz se erguía frente a los farallones férreos del mundo, contra las turbias embestidas de lo oscuro y lo incierto, ante esa furia cárdena que rugía en tu ergástula… Pero el mal fue más hondo. No dimos la batalla por falta de enemigo. Todo está consumado.
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