Yo te amé en el silencio de la ignota atalaya que calla su tesoro de oro inaccesible. Y ahora que te canto -¡maldito sea el llanto del amor que se canta!-, qué soledad sonora, qué insensata y agónica trompetería, qué estéril, qué grave fundamento, qué infierno irreparable.
De “Ocaso en Poley” 1982