Para decir por fin la primavera, para decirla toda enteramente, por fin y hasta el final, a solas -y ahora ya con esta luz nueva del bosque: luz llena de caminos invisibles, de claros con sentido-, subo hasta aquí en silencio cada día, subo sin más, acudo siempre y con sed a donde deseaba, te vengo a ver a ti, árbol azul y fuerte, sin descanso, para decir que yo la he visto, entera, la primavera toda, que la conozco de verdad, árbol lleno de estrellas muchas veces, o que me llama sin saberlo, con sus palabras húmedas, lentamente…
La música mejor del mar y el polen perfumado cada día dan al aire este cálido trayecto en verdes tan distintos, mientras subo a solas, con mi sed, de la misma manera que las nubes suben también conmigo, vienen, a solas me acompañan, se diría, o hacen ver que me siguen, todas, muy blancas, sin saberlo, parece que me siguen de verdad, conmigo, a lo más alto. Subo en silencio muchas veces, solo, pero como si en la subida, durante el discurrir principalmente, hubiera pájaros en mí, adentro, pájaros invisibles que tal vez nunca más veré: pájaros de colores y vuelos prodigiosos casi siempre. O como si también hubiera en mí, durante la subida, en mi interior lleno de pájaros, brasas húmedas y tristes de hogueras que están lejos y frías sobre todo: brasas de voces que han ardido azules, junto al mar. Y ahora yo llamo a este subir tan mío, tan claro y diferente, a este subir a solas sin dudarlo, yo ahora lo llamaría, una vez más, sólo subida propia y verdadera.
Para decir que sí, que yo la he visto, la primavera entera, de verdad, llena de nuevas claridades, rojos abiertos, llena de amarillos, de extraños amarillos casi verdes, subo hasta aquí en silencio, hasta llegar a ti, árbol del bosque, árbol que estás (me digo) siempre allá arriba, en el reflejo total y cíclico del sol, en la llanura azul del cielo, pero mirando al mar. (Sé que oyes olas en ti y el mar oye las tuyas, las olas de tus ramas, cuando el aire las trae, las lleva y las extiende, en paz y sin descanso, solo y despacio, cada día, siempre desde el principio y porque sí…) Para decir la primavera, para decirla toda, muchas veces, subo entonces por fin: tomo el camino también azul y fuerte de los acantilados. Y escucho en mi subir una respiración que reconozco, el aire sin final de lo que viene: luz de la tarde bañando los almendros, mostrando abiertamente toda la plenitud de su caída. Saludaré al asfódelo primero y seguiré seguro mi camino hacia el árbol transparente y fecundo, hacia el árbol que sé, que yo recuerdo, siempre lleno de estrellas, porque es el árbol siempre que está arriba. Todo lo que hay en él me pertenece: ramas, cortezas, animales, frutos, muerte y resurrección, principalmente las raíces, pero también el sol del mediodía que lo calcinará… No me detengo hasta llegar a él, aunque me asomo muchas veces a nuevos precipicios, voy buscando una altura, un horizonte oscuro y vertical que me recuerde la salida primera, la que yo digo andando todavía hacia el bosque total, la palabra que vuela por el aire y ya no vuelve.
La primavera nunca es lo primero: a ella se llega solamente. Está al final: es la salida de todas las salidas. Lo que existe después de lo que existe, su renacer más claro. Adonde por fin llegan siempre los pájaros que vemos, los ríos que esperamos cada noche, más allá de la luz. Adonde vienen a beber las miradas salvajes, primitivas, de los que están a punto de perderse sin más: allí donde los sueños se confunden, tiemblan en su ascensión, entre el verde que no se deja ver y el verde que pisamos a oscuras todavía… La primavera es todo lo que queda después de lo que queda muchas veces por ver y por decir. Está al final: es el momento de la celebración interminable, del canto entre la hierba. Es el lugar de la palabra sí pero el lugar también indiferente de su secreto sacrificio. Adonde por fin llegan siempre los días del amor, las huellas invisibles del deseo. Es la visión de una promesa y la posada alegre de nuestros pensamientos. Adonde por fin vienen a beber todos los fuegos, todos los animales diferentes, blancos, de la imaginación. Y está siempre al final: es la salida transparente, la única salida verdadera que recuerdo, mientras camino a solas, muchas veces…
Y así, después de todo, yo diría, cerca del árbol que está lejos, viendo ponerse el sol sobre el bosque violeta o azulado, que esto es precisamente y sin saberlo, lo que quiero saber, cerca del árbol que me espera, todo lo que yo sé mientras respiro y subo hasta el final. Lo que puedo decir por fin acaso que he buscado saber, ahora que miro desde arriba todas las amapolas, y siento que su luz hoy me acompaña sin apenas esfuerzo. Y ahora quizás podría ver también en esta luz tan roja y diferente, que ilumina mis pasos, en esta luz en flor que ahora respiro sin fin y sin saberlo, la ruta sin edad, desconocida, de los que ya no están aquí, como nosotros, abrazando una verdad como la nuestra, una verdad en llamas, oscura y sin descanso, cada día. O cuando toco con mis dedos no ya las hojas verdes, sino también su propio y misterioso crecimiento, y a este crecer tan puro que transforma, que todo lo transforma muchas veces, ahora lo llamo sólo empezar a vivir… Saben los pájaros mejor que nadie todo esto, lo celebran en paz, tal vez incluso lo comprendan de algún modo. Yo sólo lo pronuncio, es un saber que no puedo saber, que rozo con mi boca, me lo digo a mí mismo en la subida, no para comprenderlo, sino para nombrar con sencillez aquello que he tocado casi siempre subiendo a este lugar: para decir por fin la primavera, a solas, todavía, muchas veces, con las palabras siempre nuevas, blancas de cal, con el salitre quemándome los labios…
Quién lo ha sabido de verdad y quién no lo ha sabido. John Keats sí lo sabía (por ejemplo), al menos cuando dijo: tú también tienes música. Tal vez también lo supo Shelley, leyendo bajo el mar de su noche más lenta y prodigiosa, los versos invisibles del amigo: palabras para el agua verdadera. Y el loco junto al Neckar, aquel que saludaba a todos muchas veces, también lo supo, por supuesto, quizás cuando soñaba que a oscuras era un dios únicamente, únicamente como un río lleno de flores rojas y amarillas… A veces me pregunto, sí, como un juego más de mi subir, de este subir tan solitario, quién lo ha sabido de verdad y quién no lo ha sabido. Cómo aprender lo que se sabe a oscuras sin saberlo. Cómo aspirar de cada cosa el perfume secreto de lo que ha estado siempre y se revela en lo más alto y puro de nuestra soledad… Porque se ve y se oye muchas veces, en el granado viejo del camino, en los matices tímidos y lentos de la luz, en las hojas mojadas que tocamos, sólo al atardecer, y en las primeras tórtolas del año… Y luego, allí, una vez más, donde el árbol azul y fuerte, por fin cuando he subido, en la sombra también llena de verdes y rojos muy violetas, sólo al atardecer, puede ser escuchado y yo lo escucho a solas, cada día, para mí… Y esto no es sólo una lección de primavera más, es más que una nueva lección que olvidaré también: yo ahora lo llamo sólo respiración de abril, un ejercicio imprescindible, el último, para ascender, volar, salir ya para siempre de uno mismo, empezar otra vez, ser tallo tierno, o brote todavía. Los muertos sí lo saben todos (me digo), algunos antes incluso de morir, muriendo poco a poco, lo saben: miran más allá de sí mismos, en su interior transfigurado, y ven, ven otras sombras diferentes, imposibles…
Porque no hay primavera sin dolor, ni dolor verdadero que no florezca milagrosamente, que no contenga el polen de la primera luz, de la salida. En el dolor también crece la hierba y la miramos siempre subir tan alta, hacia el cielo, con su respiración de primavera nueva. En el dolor todo se ve, desnudo, sin límites, muy lejos o muy cerca. (Morir, nacer: se sabe en el dolor principalmente, podemos contemplarlo, incluso cuando el llanto nos obliga a mirar hacia adentro, sólo hacia adentro y nada más). Sí, desde donde está el árbol, ahora puedo oírlos muchas veces: caballos invisibles entrando en su pirámide solar, felices, cabalgando hacia poniente. Pájaros sedientos en la higuera renacida del bosque, entre las ruinas de un horno de cal, todavía muy blancas. ¿Para qué la primavera cada día y el árbol vierten sobre mí licores espesos, indomables, puros, licores de recuerdos, de imágenes lejanas, casi a oscuras, casi invisibles? Y ahora voy, una vez más, entrando en esta sombra perfecta de mi árbol dejándome asombrar completamente. Vienen a mí los días que perdimos, las palabras azules y olvidadas, las manos de la infancia que acarician aún la claridad sin fin de mi cansancio, desde su más hondo duelo: todo un paisaje contenido en mí, que parece entregarse, volver intacto a mi memoria, volver para ser dicho. También aquí en su noche hay flores amarillas. (Me pregunto qué música era aquella que crecía en los sueños muchas veces, se entregaba en abril, cuando el cerezo era una pura luz, iluminaba.) También aquí en su noche hay pájaros despiertos que vigilan a oscuras mi cansancio. Y en esta sombra soy por fin el que ya he dicho, sólo el que aprende cada día a dejarse llevar del todo, sin saberlo, por esto que yo ahora llamo a solas sólo mirar el aire -y siempre aire lleno de polen solamente.
Bajo el árbol de abril siento que busco y que ha llegado la lluvia a este lugar, la lluvia llena de veladas claridades, de fuegos húmedos. Están las hojas acercándose cada día a mi boca. Y yo me acerco a un río que corre lentamente hacia una sombra enamorada y plena. Lo veo descender mientras respiro, mientras oigo en silencio su promesa fugaz, este murmullo siempre desesperado, y empiezo a preguntarme cuánto, cuánto tiempo podré seguirle todo, con la mirada, hasta verlo llegar por fin a alguna parte cada día, para decir la primavera, para decirla de verdad, entera, toda la primavera muchas veces. Desde el árbol la luz es un perfume que llega hasta nosotros y nos dice cómo seguir aquí. Es un amor paciente: busca las hojas nuevas, los frutos venideros. Y es la aventura íntima del aire, que al expandirse libre nos ofrece un secreto espectáculo: el vuelo silencioso, total, de los colores, la huida verdadera. En la línea de hogueras invisible hay un agua muy dulce.
El sueño de la hierba ya no basta para ver florecer interminablemente la llanura callada de la noche, y ahora descenderé por el mismo camino, sólo que los asfódelos brillarán mucho más, serán mucho más blancos. La luna de la primavera es fría y el cielo es todavía el gran espejo que queríamos ver para mirarnos. Oigo a los alcaravanes disputando su trozo de tierra, con estrépito infernal, ofreciendo a las flores oscuras su ruido. Y ahora oigo también, a solas, muy adentro, entre las telarañas perfectas de la noche, en el bosque de siempre -seguro y generoso hasta el final-, cuando vuelvo por fin, las voces limpias y dulces del camino: huellas y voces me acompañan, sombras alegres, nuevas, cuando vuelvo, la música mejor que yo ya sé, la primavera de verdad, cuando vuelvo en silencio cada día, después de haberla dicho muchas veces, la primavera entera, ahora también a oscuras, en secreto, para mí…
Y a este volver del árbol, a este bajar nocturno sin descanso, yo ahora lo llamaría sencillamente así: volver un día más del árbol que está arriba. De “Libro de los trazados” Tusquet__s Editores 2005