Y penetrando así, en lo más hondo nuestro, como llamados, en este espacio único no dicho todavía, repleto de fantasmas: ¿sabemos algo más, sabemos algo?
Hemos dado por fin con aquel sueño: las fábulas más altas, esta memoria nuestra a punto de romperse en un golpe de mar, la verdadera edad de los que huyeron, corriendo hacia lo otro, con los bolsillos llenos de preguntas y la boca reseca…
¿Cuándo empezamos de verdad, o dónde termina todo, en qué?
Iluminados por la paradoja, sólo sé que hemos ido abriendo el apetito a fuerza de saciarnos con promesas… Este mar, el mar: ¿quién podrá agotarlo? Los restos de la noche: remos rotos y conchas amarillas, este dolor que da la luz, que impone la claridad ahora.
En este espacio único, tan nuestro, repleto de fantasmas: llegan de aquí y de allá, todas las noches. No dejan de asomarse. Ponemos voz y letra a su memoria.
No dejan de querernos: es su única manera de estar entre nosotros todavía.
Y así nos acercamos, lentamente, sin saber muy cómo, pero pisando la ceniza última, al punto más distante y cercano a la vez de lo desconocido: el cuerpo intacto, puro, soñado, del poema.
¿Qué queda, entonces, nuestro, de nosotros, o para quién dejamos de ser lo que hemos sido?