¿Cómo no amar la rosa? Pero falta descubrirla entre tanta incertidumbre, entre tanta apariencia. ¿Quién no ama la música si acierta a despojarse del grito, rebotado por la sangre…? Conozco su existencia, la sostengo inevitablemente, como el peso tranquilo de la luz, belleza ausente pero cierta, que al hombre corresponde si busca su caricia en la esperanza.
Esperamos, con hierros, más feroces que los hambrientos tigres, y tan densos como dormidas aguas de pantano. Esperamos: vivimos esperando el reino de la tierra libertada.
De la tierra evidente, sudorosa en su preñez de muertos y metales; fecunda y triste tierra inacabable, que el hombre enreja, hasta cavar en ella una profunda cárcel sin estrellas.
Encerrados vivimos. La costumbre levanta muros, aprisiona cielos, esparce sones, crucifica rosas, limita los caminos y reduce el verbo a pensamiento atormentado.
¡Pensar! ¡Oh triste sino de lo humano! La altiva fuente de energía se hace pozo seco de horror, sima del odio; Porque sin viento, la agresiva nave se pudre, quieta, sobre el mar inmenso.
Mar de sargazo, omnipotente calma que en prisiones azules nos retiene, en tanto el alto cielo transparece y una paloma bíblica, en el pico transporta del olivo su mensaje. ¿Cómo no amar la rosa…? Pero falta descubrirla entre tanta incertidumbre.