Huele a soledad el campo tan breve, tan sin sentido, bajo un firmamento abierto de par en par. ¡Apetito de tierra sola, de tierra desterrada, de caminos que nunca llegan a Roma!
La carretera es un río enjuto que no se acaba y que no tiene principio.
Pero la esperanza enseña a creer lo que no vimos; el aire, la luz, la música, la palabra…
Desistimos de andar mirando las cosas, descubriendo los registros concretos.
El alto cielo nos orienta con sus guiños fulgurantes.
Levantamos la mirada y transcribimos su fausta telegrafía:
«¡Para el amor no hay caminos!»