Por esta paz, esposa, que te ofrezco, ya madura en la sangre, hecha corteza, qué paciente tributo de tristeza pagué día por día… No merezco tanto dolor. (El hombre, entre las manos a veces tiene un corazón y quiere morir con él intacto. pero muere lleno de soledad.)
Ecos lejanos traen mi voz antigua de metales; mi fría voz de hielos transparentes. Que hasta tu nombre, esposa, fue en mis dientes tallo de amargas hieles minerales…
Pero todo ya es campo sin orillas, lleno de paz. El sol se transfigura en la ceniza gris de esta clausura y abandona sus llamas amarillas.
Yo soy para ti, esposa, como un viento que humildemente llega y se deshace contra tus ojos: un agua que renace entre tus piedras, sin color ni acento.