_(Primer poema de amor)
Ella, tan vaga e indecisa antes, tiene escogido cuerpo, sitio y hora Me ha dicho: “Voy”, Soy ya su predestinada presa.» Pedro Salinas_
Me seguían sus ojos y yo era menos que un niño; bosques y primaveras me arañaban el pecho brotándome en los cauces borbotones calientes en los que el alma yergue su furia fundadora.
Su gran calma de esposa apretaba los círculos y me sentía centro de su raudal sangriento; con el galope oscuro de la sangre apremiando la altiva meta blanca de su dormida carne.
¿Fue su voz? De más hondo que el deseo, rompiendo su corteza de plomo, me llegó aquel balido que estrellaba su espuma, como un ala arrancada, en mis rubias arenas palpitantes de soles.
¡Oh, sequedad del aire, oprimiendo el latido con que la luz rehizo su primera llamada! ¡Fue su voz! Su inefable mensaje acordonado por airados cuchillos de escarcha matutina.
El espanto y la tierra tiraban de mi cuerpo y un altivo universo desgarraba mis hombros. Sentí que entre los brazos florecían sus pechos y que éstos me clavaban contra un aire reciente.
¡Huir! ¡Huir! Perderme por bruñidos desiertos. Borrar de mis pupilas sus ojos insaciables y sepultar su voz, su eterna voz marina en mi hondón retorcido de caracola humana.
Su garra fue primero. Su garra, no su mano, que dos fuentes de sangre llenaron mi costado desbordándome en ellas como una madre nueva a quien los mares dieran un hijo de su carne.
Y luego, fue su luz. Su inmenso mediodía, creciéndose en mis ojos como un bosque incendiado, ardiéndose en las llamas mis tigres y mis dudas, con sus flancos rotundos y su feroz aullido.
¡Oh, irremediable abrazo! ¡Oh, desolado beso! ¡Oh, arcángeles pastores de mi sangre en derrota! ¡Oh, cuerpo fulgurante apretándome el pecho como un mármol o un mundo, y en él Dios empinado!
Fui pasto de su furia. Su mirada y sus dientes implacables hicieron tajadas de mi alma. Mis vestidos rodaron como musgos antiguos y sentí deshacerme como un barco de niebla.
Yo veía sus manos sortearme las venas y herir con sus cuchillos mi corazón menudo, y azuzar mis dormidos afanes como galgos llenando de ladridos mi apacible ribera.
Yo sentía -la siento- abrevar en mi sangre. Romper mi dura piel. Darme muerte lentísima…
¡Y no eludo sus saltos de terciopelo y sueño! ¡Y no huyo! ¡No huyo!… ¡Mi feroz loba blanca!