A Bernart de Ventadorm en 1963

A Bernart de Ventadorm en 1963

Bernart de Ventadorn: cómo de pronto envidio tus canciones -si Leonor de Aquitania u otra olvidada dama, templaron a las cuerdas de tu fino instrumento-. Pero aún más, todavía la estrofa con el puro fucilazo de oro del instante: «Can vei la lauzeta mover de joi sas alas contra ’I rai, e que s’oblid’e’s laissa chazer per la doussor c’al cor li vai…».

Esa alondra, que mueve con alegría sus alas contra el rayo del sol y que se desvanece y se deja caer, por la dulzura que al corazón le llega, cómo empuja ojos y frente oscuros a lo alto!

Triste país es éste, Bernart, cuando sentimos que antes de la agonía aspiramos a sombras; cuando desconocemos al caído, cuando vemos sin ver la miseria y la costra.

Y tú con esa alondra para alumbrar la vida!

(Y de un oscuro origen, en duro tiempo hiciste brotar el agua limpia) Trobar clus = luz guardada.

Sangraste, trovador, en tu alambique donde se destilaban rimas y neoplatónicas veladuras. Pero te sobrevive lo esencial: el alma. El alma o su armadura en una alondra.

Miro el cielo del triste país, Bernart, que amo, y acaso estén ahí -como una dura prueba del tiempo y su alevosa espoleta- maquinarias fatales y con alas de ángeles o «lauzetas»… Una alondra es preciso, Bernart de Ventadorn, ahora!