Cuando se vive al borde de una ciudad de conmovidas piedras- a la que obviaron un destino de naufragio y ceguera y el invierno -que agobia oscuramente- es la pared de su verdín cubierta, no es fácil Garcilaso ni la Egloga;
-aún el helado visitante filtra su humor entre las piedras- mírenlo -alumnos de poesía- y miren el vaticinio de las quemas…
No es fácil ver ando la calle llega con sus volados árboles y muros y entre hojas y lágrimas nos ciega. Ni enviar un ramo de palabras tristes cuando la carta obstina en barajar sus fechas…
De “Poemas de la ciega” 1968