El poeta es un apóstata, inevitablemente. Está marcado para la apostasía Su búsqueda incesante le obligará a colgar más de una fe en el perchero (ni a César lo que es del César ni a Dios lo que es de Dios) Traspasará las puertas de marfil 0 de cuerno las del cofre-fort las de la cabina telefónica de la cabina espacial. Descifrará en el palimpsesto de los días otros días que igualmente fueron o serán suyos. Traducirá las páginas etruscas de las muchas realidades. El poeta es un apóstata. No tiene otra salida. Está obligado a descubrir lo que le espera a la vuelta de la esquina. Y esto no le acarreará ni seguridad ni prestigio. El poeta es un apóstata. Pelada la última capa de la cebolla debe imaginar la cebolla platónica que en un plato -fuera de su alcance- lo espera para recomenzar el trabajo de quitarle una a una sus pieles y encontrarse con otra cebolla reluciente idéntica a un lucero. El poeta es un apóstata. Debe serlo. Para acompañar a los que se atreven por el salón de los pasos perdidos a los que conversan con sus sombras a los que alientan desde una cárcel la liberación de los hombres. Poesía se llama Apostasía.
De Lección de exorcista” 1991