Mil novecientos diecinueve

Mil novecientos diecinueve

Venid, mofémonos del grande que tenía tantos pesos en su mente y tanto trabajaba y hasta tan tarde para dejar detrás un monumento que no pensó en el viento que arrasaba.

Venid, mofémonos del sabio; con tanto calendario donde fijar los ojos fatigados, nunca vio cómo corrían las estaciones y ahora está boquiabierto ante el sol.

Venid, mofémonos del bueno que imaginó a la bondad alegre y que enfermo de su soledad podría proclamar un día festivo: pero el viento sopló y ¿dónde están ahora?

Y luego, mofémonos de quien se mofa, que ni una mano movería para ayudar al bueno, al sabio, al grande, para cerrar el paso a la vil tormenta, pues nosotros traficamos en mofas.

Versión de Enrique Caracciolo Trejo