Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos y ahonden surcos en tu prado hermoso, tu juventud, altiva vestidura, será un andrajo que no mira nadie.
Y si por tu belleza preguntaran, tesoro de tu tiempo apasionado, decir que yace en tus sumidos ojos dará motivo a escarnios o falsías.
¡Cuánto más te alabaran en su empleo si respondieras : - « Este grácil hijo mi deuda salda y mi vejez excusa », pues su beldad sería tu legado!
Pudieras, renaciendo en la vejez, ver cálida tu sangre que se enfría. Versión de Manuel Mujica Láinez