Nosotros, también, habíamos conocido momentos dorados en los que cuerpo y alma estaban en sintonía, habíamos bailado con nuestros amores verdaderos a la luz de una luna llena, y nos habíamos sentado con los sabios y los buenos mientras las lenguas cobraban ingenio y alegría degustando algún noble plato directo de Escoffier; habíamos sentido la gloria indiscreta que las lágrimas reservan aparte. Y a la grandiosa usanza de antaño habríamos cantado con el corazón henchido. Pero, objeto de zarpazos y chismorreos, por parte de la promiscua multitud transformados por ardid de los editores en hechizos para confundir a la muchedumbre, todas las palabras como Paz y Amor, todo discurso afirmativo y cuerdo, había sido mancillado, profanado, degradado hasta tornarse horrendo chirrido mecánico. Ningún estilo moderado sobrevivió al pandemonio salvo el burlón, el sotto-voce, irónico y monocromo: y ¿dónde íbamos a encontrar refugio para la dicha o el mero contento cuando apenas nada quedaba en pie salvo el suburbio de la disensión? 1950 ¿? Versión de Eduardo Iriarte “Canción de cuna y otros poemas”