Una noche despejada como ésta puede hacer que el espíritu remonte el vuelo: tras un día agotador el espectáculo de precisión es impresionante a su manera dieciochesca un tanto sosa.
Sosegó mucho la adolescencia encontrar una mirada de tal descaro; las cosas que hacía yo no podían ser tan ultrajantes como decían si eso iba a seguir ahí una vez muertos los ultrajados.
Ahora, desprevenido ante la muerte pero ya en esa etapa en que a uno empiezan a fastidiarle los jóvenes, me alegra que esos puntos en el cielo puedan también contarse entre las criaturas de mediana edad.
Resulta más acogedor pensar en la noche más como un Hogar para Ancianos que un cobertizo para una máquina sin mácula, que la roja luz precámbrica ha desaparecido como la Roma imperial o yo mismo a los diecisiete. Sin embargo, por mucho que nos guste el estilo estoico en que escribían los autores clásicos, sólo los jóvenes y los ricos tienen el valor o la figura para acertar con la nota lacrimae rerum.
Pues el presente acecha allende como el pasado y sus agraviados de nuevo gimen y se les deja de lado, y la verdad no se puede ocultar; alguien escogió su dolor, pasó lo que no tenía por qué haber pasado.
Ocurriendo esta misma noche sin ceñirse a ninguna regla probada, es posible que algún acontecimiento haya lanzado su primer pequeño No al derecho de las leyes que aceptamos para regir nuestro mundo posdiluviano:
pero las estrellas siguen ardiendo en lo alto, ajenas a finales definitivos, mientras regreso a casa para acostarme, preguntando qué juicio aguarda a mi persona, todos mis amigos, y estos Estados Unidos. Agosto de 1948
Versión de Eduardo Iriarte “Canción de cuna y otros poemas”