Para John Updike
Estoy a bordo del barco Friedrich Engels, pero en mi mente hay tal herejía de pensamientos que rompen las puertas. No comprendo, ¿qué oigo?, llena de confusión y de dolor, la invocación: “Ciudadanos, oídme”.
La cubierta se inclina y se lamenta, mezcla de concertina y charlestón, pero en el puente, queda, suplicante, intenta abrirse paso con violencia la imponente canción: “Ciudadanos, oídme”.
Sentado en un tonel hay un soldado. Su pelo cuelga sobre su guitarra mientras rasguea despacioso. Y enardecido como su guitarra de sus labios escapa con tormento: “Ciudadanos, oídme”.
No nos quieren oír los ciudadanos. Preferirían comer, beber, bailar. Y no les interesa lo demás. Sin embargo, dormir es importante.
¿Y por qué ese estribillo interminable? “Ciudadanos, oídme”.
Alguien echa sal a un tomate, otro tira unas cartas grasientas, otro golpea el suelo con las botas, otro despliega ansioso el acordeón; mas, cuántas veces a cualquiera de ellos el grito o el susurro, le brotó: “Ciudadanos oídme”.
Y cuántas veces nadie lo escuchó. Hinchando el pecho y retorciéndose, no pudieron decir lo que sentían. Reaccionando con alma indiferente, oyen a los demás con dificultad: “Ciudadanos, oídme”.
Mira, soldado encaramado en un tonel: Yo soy igual que tú, mas sin guitarra, sobre ríos, montes, mares, soy un vagabundo de manos extendidas, la voz ya ronca repite sin cesar: “Ciudadanos, oídme”.
Terrible si no quieren escuchar. Terrible si comienzan a oír. ¿Y si al final la canción no valiera la pena? ¿Y si nada en ella tuviera sentido salvo el tormentoso y sangrante estribillo: “Ciudadanos, oídme”?
Versión de Heberto Padilla