Por la ventana veíamos negruzcos limoneros hacia el fondo del patio y suspirábamos: “¡Han pasado los días y hoy tampoco ha nevado!”
Pero al atardecer empezó a caer la nieve, iba perdiendo altura, vacilando en el aire al capricho del viento.
Avergonzada y frágil, la tomamos en las manos con ternura y “¿adónde fue?”, preguntamos. Pero ella contestó: “Habrá una verdadera nevada para todos. Me fundiré en el viaje pero no os preocupéis”.
Y a la semana volvió a caer, hecha un diluvio, transformada en ventisca cegadora, girando a toda fuerza. Con terca intransigencia quería imponer su triunfo sobre quienes pensaban: “¿durará un día o dos?”
Pero no pudo hacer valer su empeño y tuvo que ceder. No se fundía en las manos, se derritió a nuestros pies.
Seguíamos mirando al horizonte, con inquietud: “ ¿Cuándo vendrá la verdadera, esa que pese a todo llegará?” Y una mañana, aún soñolientos, cuando abrimos la puerta, la pisamos de pronto, sorprendidos: yacía ante nosotros, honda y pura, con toda su suave sencillez.
Tímida y esponjosa, extendía por tierras y tejados su asombrosa blancura, simplemente magnífica y hermosa. Nieve cayendo en el estruendo del día, entre ruido de coches y resoplar de caballos;. nieve que no se derretía a nuestros pies sino que se iba haciendo más compacta.
La fresca y centelleante cegadora de toda ciudad, la nieve verdadera, la que siempre estuvimos esperando.
Versión de Heberto Padilla