1o. El gorrión y la liebre

1o. El gorrión y la liebre

Fábula X 1o. El gorrión y la liebre Un maldito Gorrión así decía A una Liebre que una Águila oprimía: «No eres tú tan ligera, Que si el perro te sigue en la carrera, Lo acarician y alaban como al cabo Acerque sus narices a tu rabo? Pues empieza a correr, ¿qué te detiene?» De este modo la insulta, cuando viene El diestro Gavilán y la arrebata. El preso chilla, el prendedor lo mata; Y la Liebre exclamó: «Bien merecido. ¿Quién te mandó insultar al afligido, Y a más, a más meterte a consejero, No sabiendo mirar por ti primero?»

11. Júpiter y la tortuga

Fábula XI 11. Júpiter y la tortuga A las bodas de Júpiter estaban Todos los animales convidados: Unos y otros llegaban A la fiesta nupcial apresurados. No faltaba a tan grande concurrencia Ni aun la reptil y más lejana oruga, Cuando llega muy tarde y con paciencia, A paso perezoso, la Tortuga. Su tardanza reprende el dios airado, Y ella le respondió sencillamente: «Si es mi casita mi retiro amado, ¿Cómo podré dejarla prontamente?» Por tal disculpa Júpiter tonante, Olvidando el indulto de las fiestas, La ley del caracol le echó al instante, Que es andar con la casa siempre a cuestas. Gentes machuchas hay que hacen alarde De que aman su retiro con exceso; Pero a su obligación acuden tarde: Viven como el ratón dentro del queso.

12. El charlatan

Fábula XII 12. El charlatán «Si cualquiera de ustedes Se da por las paredes O arroja de un tejado, Y queda, a buen librar, descostillado, Yo me reiré muy bien: importa un pito, Como tenga mi bálsamo exquisito.» Con esta relación un chacharero Gana mucha opinión y más dinero; Pues el vulgo, pendiente de sus labios, Más quiere a un Charlatán que a veinte sabios. Por esta conveniencia Los hay el día de hoy en toda ciencia, Que ocupan, igualmente acreditados, Cátedras, academias y tablados. Prueba de esta verdad será un famoso Doctor en elocuencia, tan copioso En charlatanería, Que ofreció enseñaría A hablar discreto con fecundo pico, En diez años de término, a un borrico. Sábelo el Rey; lo llama, y al momento Le manda dé lecciones a un jumento; Pero bien entendido Que sería, cumpliendo lo ofrecido, Ricamente premiado; Mas cuando no, que moriría ahorcado. El doctor asegura nuevamente Sacar un orador asno elocuente. Dícele callandito un cortesano: «Escuche, buen hermano; Su frescura me espanta: A cáñamo me huele su garganta.» «No temáis, señor mío, Respondió el Charlatán, pues yo me río. ¿En diez años de plazo que tenemos, El Rey, el asno o yo no moriremos?» Nadie encuentra embarazo En dar un largo plazo A importantes negocios; mas no advierte Que ajusta mal su cuenta sin la muerte.

13. El milano y las palomas

Fábula XIII 13. El milano y las palomas A las tristes Palomas un Milano, Sin poderlas pillar, seguía en vano; Mas él a todas horas Servía de lacayo a estas señoras. Un día, en fin, hambriento e ingenioso, Así las dice: «¿Amáis vuestro reposo, Vuestra seguridad y conveniencia? Pues creedme en mi conciencia: En lugar de ser yo vuestro enemigo, Desde ahora me obligo, Si la banda por rey me aclama luego, A tenerla con sosiego, Sin que de garra o pico tema agravio; Pues tocante a la paz seré un Octavio.» Las sencillas palomas consintieron; Aclamándole por rey, «Viva, dijeron, Nuestro rey el Milano.» Sin esperar a más, este tirano Sobre un vasallo mísero se planta; Déjalo con el viva en la garganta; Y continuando así sus tiranías, Acabó con el reino en cuatro días. Quien al poder se acoja de un malvado Será, en vez de feliz, un desdichado.

14. Las dos ranas

Fábula XIV 14. Las dos ranas Tenían dos Ranas Sus pastos vecinos, Una en un estanque, Otra en el camino. Cierto día a ésta Aquélla la dijo: «¡Es creíble, amiga, De tu mucho juicio, Que vivas contenta Entre los peligros, Donde te amenazan, Al paso preciso, Los pies y las ruedas Riesgos infinitos! Deja tal vivienda; Muda de destino; Sigue mi dictamen Y vente conmigo.» En tono de mofa, Haciendo mil mimos, Respondió a su amiga: «¡Excelente aviso! ¡A mí novedades! Vaya, ¡qué delirio! Eso sí que fuera Darme el diablo ruido. ¡Yo dejar la casa Que fue domicilio De padres, abuelos Y todos los míos, Sin que haya memoria De haber sucedido La menor desgracia Desde luengos siglos!» «Allá te compongas; Mas ten entendido Que tal vez sucede Lo que no se ha visto.» Llegó una carreta A este tiempo mismo, Y a la triste Rana Tortilla la hizo. Por hombres de seso Muchos hay tenidos, Que a nuevas razones Cierran los oídos. Recibir consejos Es un desvarío; La rancia costumbre Suele ser su libro.

15. El parto de los montes

Fábula XV 15. El parto de los montes Con varios ademanes horrorosos Los montes de parir dieron señales; Consintieron los hombres temerosos Ver nacer los abortos más fatales. Después que con bramidos espantosos Infundieron pavor a los mortales, Estos montes, que al mundo estremecieron, Un ratoncillo fue lo que parieron. Hay autores que en voces misteriosas Estilo fanfarrón y campanudo Nos anuncian ideas portentosas; Pero suele a menudo Ser el gran parto de su pensamiento, Después de tanto ruido sólo viento.

16. Las ranas pidiendo rey

Fábula XVI 16. Las ranas pidiendo rey Sin Rey vivía, libre, independiente, El pueblo de las Ranas felizmente. La amable libertad sola reinaba En la inmensa laguna que habitaba; Mas las Ranas al fin un Rey quisieron, A Júpiter excelso lo pidieron; Conoce el dios la súplica importuna, Y arroja un Rey de palo a la laguna: Debió de ser sin duda buen pedazo, Pues dio su majestad tan gran porrazo, Que el ruido atemoriza al reino todo; Cada cual se zambulle en agua o lodo, Y quedan en silencio tan profundo Cual si no hubiese ranas en el mundo. Una de ellas asoma la cabeza, Y viendo a la real pieza, Publica que el monarca es un zoquete. Congrégase la turba, y por juguete Lo desprecian, lo ensucian con el cieno, Y piden otro Rey, que aquél no es bueno. El padre de los dioses, irritado, Envía a un culebrón, que a diente airado Muerde, traga, castiga, Y a la mísera grey al punto obliga A recurrir al dios humildemente. «Padeced, les responde, eternamente; Que así castigo a aquel que no examina Si su solicitud será su ruina.»

17. El asno y el caballo

Fábula XVII 17. El asno y el caballo «¡Ah! ¡quién fuese Caballo! Un Asno melancólico decía; Entonces sí que nadie me vería Flaco, triste y fatal como me hallo. Tal vez un caballero Me mantendría ocioso y bien comido, Dándose su merced por muy servido Con corvetas y saltos de carnero. Trátanme ahora como vil y bajo; De risa sirve mi contraria suerte; Quien me apalea más, más se divierte, Y menos como cuando más trabajo. No es posible encontrar sobre la tierra Infeliz como yo.» Tal se juzgaba, Cuando al Caballo ve cómo pasaba, Con su jinete y armas, a la guerra. Entonces conoció su desatino, Rióse de corvetas y regalos, Y dijo: «Que trabaje y lluevan palos, No me saquen los dioses de Pollino.»

18. El cordero y el lobo

Fábula XVIII 18. El cordero y el lobo Uno de los corderos mamantones, Que para los glotones Se crían, sin salir jamás al prado, Estando en la cabaña muy cerrado, Vio por una rendija de la puerta Que el caballero Lobo estaba alerta, En silencio esperando astutamente Una calva ocasión de echarle el diente. Mas él, que bien seguro se miraba, Así lo provocaba: «Sepa usted, señor Lobo, que estoy preso, Porque sabe el pastor que soy travieso; Mas si él no fuese bobo, No habría ya en el mundo ningún Lobo. Pues yo corriendo libre por los cerros, Sin pastores ni perros, Con sólo mi pujanza y valentía Contigo y con tu raza acabaría.» «Adiós, exclamó el Lobo, mi esperanza De regalar a mi vacía panza. Cuando este miserable me provoca Es señal de que se halla de mi boca Tan libre como el cielo de ladrones.» Así son los cobardes fanfarrones, Que se hacen en los puestos ventajosos Más valentones cuanto más medrosos.

19. Las cabras y los chivos

Fábula XIX 19. Las cabras y los chivos Desde antaño en el mundo Reina el vano deseo De parecer iguales A los grandes señores los plebeyos. Las Cabras alcanzaron Que Júpiter excelso Les diese barba larga Para su autoridad y su respeto. Indignados los Chivos De que su privilegio Se extendiese a las Cabras, Lampiñas con razón en aquel tiempo, Sucedió la discordia Y los amargos celos A la paz octaviana Con que fue gobernado el barbón pueblo. Júpiter dijo entonces, Acudiendo al remedio: «¿Qué importa que las Cabras Disfruten un adorno propio vuestro Si es mayor ignominia De su vano deseo, Siempre que no igualaren En fuerzas y valor a vuestro cuerpo?» El mérito aparente Es digno de desprecio; La virtud solamente Es del hombre el ornato verdadero.

20. El caballo y el ciervo

Fábula XX 20. El caballo y el ciervo Perseguía un Caballo vengativo A un Ciervo que le hizo leve ofensa; Mas hallaba segura la defensa En veloz carrera el fugitivo. El vengador, perdida la esperanza De alcanzarlo, y lograr así su intento, Al hombre le pidió su valimiento Para tomar del ofensor venganza. Consiente el hombre, y el Caballo airado Sale con su jinete a la campaña; Corre con dirección, sigue con maña, Y queda al fin del ofensor vengado. Muéstrase al bienhechor agradecido; Quiere marcharse libre de su peso; Mas desde entonces mismo quedó preso, Y eternamente al hombre sometido. El Caballo que suelto y rozagante En el frondoso bosque y prado ameno Su libertad gozaba tan de lleno, Padece sujeción desde ese instante. Oprimido del yugo ara la tierra; Pasa tal vez la vida más amarga; Sufre la silla, freno, espuela, carga, Y aguanta los horrores de la guerra. En fin perdió la libertad amable Por vengar una ofensa solamente. Tales los frutos son que ciertamente Produce la venganza detestable.