Libro cuarto

Libro cuarto

1. La mona corrida

Fábula primera 1.La mona corrida El autor a sus versos Fieras, aves y peces Corren, vuelan y nadan, Porque Júpiter sumo A general congreso a todos llama. Con sus hijos se acercan, Y es que un premio señala Para aquel cuya prole En hermosura lleve la ventaja. El alto regio trono La multitud cercaba, Cuando en la concurrencia Se sentía decir: la Mona falta. «Ya llega», dijo entonces Una habladora urraca, Que, como centinela, En la alta punta de un ciprés estaba. Entra rompiendo filas, Con su cachorro ufana, Y ante el excelso trono El premio pide de hermosura tanta. El dios Júpiter quiso, Al ver tan fea traza, Disimular la risa, Pero se le soltó la carcajada. Armóse en el concurso Tal burla y algazara, Que corrida la Mona, A Tetuán se volvió desengañada. ¿Es creíble, señores, Que yo mismo pensara En consagrar a Apolo Mis versos, como dignos de su gracia? Cuando, por mi fortuna, Me encontré esta mañana, Continuando mi obrilla, Este cuento moral, esta patraña, Yo dije a mi capote: ¡Con qué chiste, qué gracia Y qué vivos colores El jorobado Esopo me retrata! Mas ya mis producciones Miro con desconfianza, Porque aprendo en la Mona Cuánto el ciego amor propio nos engaña.

2. El asno y Júpiter

Fábula II 2.El asno y Júpiter «No sé cómo hay jumento Que, teniendo un adarme de talento, Quiera meterse a burro de hortelano. Llevo a la plaza desde muy temprano Cada día cien cargas de verdura, Vuelvo con otras tantas de basura, Y para minorar mi pesadumbre, Un criado me azota por costumbre. Mi vida es ésta; ¿qué será mi muerte, Como no mude Júpiter mi suerte?» Un Asno de este modo se quejaba. El dios, que sus lamentos escuchaba, Al dominio le entrega de un tejero. «Esta vida, decía, no la quiero: Del peso de las tejas oprimido, Bien azotado, pero mal comido, A Júpiter me voy con el empeño De lograr nuevo dueño.» Envióle a un curtidor; entonces dice: «Aun con este amo soy más infelice. Cargado de pellejos de difunto Me hace correr sin sosegar un punto, Para matarme sin llegar a viejo, Y curtir al instante mi pellejo.» Júpiter, por no oír tan largas quejas, Se tapó lindamente las orejas, Y a nadie escucha, desde el tal pollino, Si le hablan de mudanza de destino. Sólo en verso se encuentran los dichosos, Que viven ni envidiados ni envidiosos. La espada por feliz tiene al arado, Como el remo a la pluma y al cayado; Mas se tiene por míseros en suma Remo, espada, cayado, esteva y pluma. Pues ¿a qué estado el hombre llama bueno? Al propio nunca; pero sí al ajeno.

3. El cazador y la perdiz

Fábula III 3.El cazador y la perdiz Una Perdiz en celo reclamada Vino a ser en la red aprisionada. Al Cazador la mísera decía: «Si me das libertad, en este día Te he de proporcionar un gran consuelo. Por ese campo extenderé mi vuelo; Juntaré a mis amigas en bandadas, Que guiaré a tus redes, engañadas, Y tendrás, sin costarte dos ochavos, Doce perdices como doce pavos.» «¡Engañar y vender a tus amigas! ¿Y así crees que me obligas? Respondió el Cazador; pues no, señora; Muere, y paga la pena de traidora.» La Perdiz fue bien muerta; no es dudable. La traición, aun soñada, es detestable.

4. El viejo y la muerte

Fábula IV 4.El viejo y la muerte Entre montes, por áspero camino, Tropezando con una y otra peña, Iba un Vejo cargado con su leña, maldiciendo su mísero destino. Al fin cayó, y viéndose de suerte Que apenas levantarse ya podía, Llamaba con colérica porfía Una, dos y tres veces a la Muerte. Armada de guadaña, en esqueleto, La Parca se le ofrece en aquel punto; Pero el Viejo, temiendo ser difunto, Lleno más de terror que de respeto, Trémulo la decía y balbuciente: «Yo … señora… os llamé desesperado; Pero… «Acaba; ¿qué quieres, desdichado?» «Que me cargues la leña solamente.» Tenga paciencia quien se cree infelice; Que aun en la situación más lamentable Es la vida del hombre siempre amable: El Viejo de la leña nos lo dice.

5. El enfermo y el médico

Fábula V 5.El enfermo y el médico Un miserable Enfermo se moría, Y el Médico importuno le decía: «Usted se muere; yo se lo confieso; Pero por la alta ciencia que profeso, Conozco, y le aseguro firmemente, Que ya estuviera sano, Si se hubiese acudido más temprano Con el benigno clister detergente.» El triste Enfermo, que lo estaba oyendo, Volvió la espalda al Médico, diciendo: «Señor Galeno, su consejo alabo. Al asno muerto la cebada al rabo.» Todo varón prudente Aconseja en el tiempo conveniente; Que es hacer de la ciencia vano alarde Dar el consejo cuando llega tarde.

6. La zorra y las uvas

Fábula VI 6.La zorra y las uvas Es voz común que a más del mediodía, En ayunas la Zorra iba cazando; Halla una parra, quédase mirando De la alta vid el fruto que pendía. Cansábala mil ansias y congojas No alcanzar a las uvas con la garra, Al mostrar a sus dientes la alta parra Negros racimos entre verdes hojas. Miró, saltó y anduvo en probaduras, Pero vio el imposible ya de fijo. Entonces fue cuando la Zorra dijo: «No las quiero comer. No están maduras.» No por eso te muestres impaciente, Si te se frustra, Fabio, algún intento: Aplica bien el cuento, Y di: No están maduras, frescamente.

7. La cierva y la viña

Fábula VII 7.La cierva y la viña Huyendo de enemigos cazadores Una Cierva ligera; Siente ya fatigada en la carrera Más cercanos los perros y ojeadores. No viendo la infeliz algún seguro Y vecino paraje De gruta o de ramaje, Crece su timidez, crece su apuro. Al fin, sacando fuerzas de flaqueza, Continúa la fuga presurosa; Halla al paso una Viña muy frondosa, Y en lo espeso se oculta con presteza. Cambia el susto y pesar en alegría, Viéndose a paz y a salvo en tan buen hora. Olvida el bien, y de su defensora Los frescos verdes pámpanos comía. Mas ¡ay! que de esta suerte, Quitando ella las hojas de delante, Abrió puerta a la flecha penetrante, Y el listo Cazador la dio la muerte. Castigó con la pena merecida El justo cielo a la cierva ingrata. Mas ¿qué puede esperar el que maltrata Al mismo que le está dando la vida?

8. El asno cargado de reliquias

Fábula VIII 8.El asno cargado de reliquias De reliquias cargado, Un Asno recibía adoraciones, Como si a él se hubiesen consagrado Reverencias, inciensos y oraciones. En lo vano, lo grave y lo severo Que se manifestaba, Hubo quien conoció que se engañaba, Y le dijo: «Yo infiero De vuestra vanidad vuestra locura; El reverente culto que procura Tributar cada cual este momento, No es dirigido a vos, señor Jumento, Que sólo va en honor, aunque lo sientas, De la sagrada carga que sustentas.» Cuando un hombre sin mérito estuviere En elevado empleo o gran riqueza, Y se ensoberbeciere Porque todos le bajan la cabeza, Para que su locura no prosiga Tema encontrar tal vez con quien le diga: «Señor jumento no se engría tanto; Que si besan la peana es por el santo.»

9. Los dos machos

Fábula IX 9.Los dos machos Dos Machos caminaban: el primero, Cargado de dinero, Mostrando su penacho envanecido, Iba marchando erguido Al son de los redondos cascabeles. El segundo, desnudo de oropeles, Con un pobre aparejo solamente, Alargando el pescuezo eternamente, Seguía de reata su jornada, Cargado de costales de cebada. Salen unos ladrones, y al instante Asieron de la rienda al arrogante; Él se defiende, ellos le maltratan, Y después que el dinero le arrebatan, Huyen, y dice entonces el segundo: «Si a estos riesgos exponen en el mundo Las riquezas, no quiero, a fe de Macho, Dinero, cascabeles ni penacho.»

10. El cazador y el perro

Fábula X 10.El cazador y el perro Mustafá, perro viejo, Lebrel en montería ejercitado, Y de antiguas heridas señalado A colmillo y a cuerno su pellejo, Seguía a un jabalí sin esperanza De poderle alcanzar; pero, no obstante, Aguzándole su amo a cada instante, A duras penas Mustafá le alcanza. El cerdoso valiente No escuchaba recados a la oreja; Y así, su resistencia no le deja Cebar al Perro su cansado diente; Con airado colmillo le rechaza, Y bufando se marcha victorioso. El cazador, furioso, Reniega del Lebrel y de su raza. «Viejo estoy, le responde, ya lo veo; Mas di: ¿sin Mustafá cuándo tuvieras Las pieles y cabezas de las fieras En tu casa, de abrigo y de trofeo? Miras a lo que soy, no a lo que he sido. ¡Oh suerte desgraciada! Presente tienes mi vejez cansada, Y mis robustos años en olvido. Mas ¿para qué me mato, Si no he de conseguir cosa ninguna? Es ladrar a la luna El alegar servicios al ingrato»

11. La tortuga y el águila

Fábula XI 11.La tortuga y el águila Una Tortuga a una Águila rogaba La enseñase a volar; así la hablaba: «Con sólo que me des cuatro lecciones, Ligera volaré por las regiones; Ya remontando el vuelo Por medio de los aires hasta el cielo, Veré cercano al sol y las estrellas, Y otras cien cosas bellas; Ya rápida bajando, De ciudad en ciudad iré pasando; Y de este fácil, delicioso modo, Lograré en pocos días verlo todo.» La Águila se rió del desatino; La aconseja que siga su destinó, Cazando torpemente con paciencia, Pues lo dispuso así la Providencia. Ella insiste en su antojo ciegamente. La reina de las aves prontamente La arrebata, la lleva por las nubes. «Mira, la dice, mira cómo subes.» Y al preguntarla, digo, «¿vas contenta?» Se la deja caer y se revienta. Para que así escarmiente Quien desprecia el consejo del prudente.

12. El león y el ratón

Fábula XII 12.El león y el ratón Estaba un Ratoncillo aprisionado En las garras de un León; el desdichado En la tal ratonera no fue preso Por ladrón de tocino ni de queso, Sino porque con otros molestaba Al León, que en su retiro descansaba. Pide perdón, llorando su insolencia; Al oír implorar la real clemencia, Responde el Rey en majestuoso tono, No dijera más Tito: «Te perdono.» Poco después cazando el León tropieza En una red oculta en la maleza; Quiere salir, mas queda prisionero, Atronando la selva ruge fiero. El libre ratoncillo, que lo siente, Corriendo llega, roe diligente Los nudos de la red de tal manera, Que al fin rompió los grillos de la fiera. Conviene al poderoso Para los infelices ser piadoso; Tal vez se puede ver necesitado Del auxilio de aquel más desdichado.

13. Las liebres y las ranas

Fábula XIII 13.Las liebres y las ranas Asustadas las fiebres de un estruendo, Echaron a correr todas, diciendo: «A quien la vida cuesta tanto susto, La muerte causará menos disgusto» Llegan a una laguna de esta suerte A dar en lo profundo con la muerte. Al ver a tanta Rana que, asustada, A las aguas se arroja a su llegada, «Hola, dijo una liebre, ¿conque, hay otras Tan tímidas, que aún tiemblan de nosotras? Pues suframos con ellas el destino.» Conocieron sin más su desatino. Así la suerte adversa es tolerable Comparada con otra miserable.

14. El gallo y el zorro

Fábula XIV 14.El gallo y el zorro Un Gallo muy maduro, De edad provecta, duros espolones, Pacífico y seguro, Sobre un árbol oía las razones De un Zorro muy cortés y muy atento, Más elocuente cuanto más hambriento. «Hermano, le decía, Ya cesó entre nosotros una guerra, Que cruel repartía Sangre y plumas al viento y a la tierra; Baja; daré, para perpetuo sello, Mis amorosos brazos a tu cuello». «Amigo de mi alma, Responde el Gallo, ¡qué placer inmenso, En deliciosa calma, Deja esta vez mi espíritu suspenso! Allá bajo, allá voy tierno y ansioso A gozar en tu seno mi reposo. Pero aguarda un instante, Porque vienen, ligeros como el viento Y ya están adelante, Dos correos que llegan al momento, De esta noticia portadores fieles, Y son, según la traza, dos lebreles.» «Adiós, adiós, amigo, Dijo el Zorro, que estoy muy ocupado; Luego hablaré contigo Para finalizar este tratado.» El Gallo se quedó lleno de gloria, Cantando en esta letra su victoria: Siempre trabaja en su daño El astuto engañador; A un engaño hay otro engaño A un pícaro otro mayor.

15. El león y la cabra

Fábula XV 15.El león y la cabra Un señor León andaba, como un perro, Del valle al monte, de la selva al cerro, A caza, sin hallar pelo ni lana, Perdiendo la paciencia y la mañana. Por un risco escarpado Ve trepar una Cabra a lo encumbrado, De modo que parece que se empeña En hacer creer al León que se despeña. El pretender seguirla fuera en vano; El cazador entonces cortesano La dice: «Baja, baja, mi querida; No busques precipicios a tu vida: En el valle frondoso Pacerás a mi lado con reposó.» «¿Desde cuándo, señor, la real persona Cuida con tanto amor de la barbona? Esos halagos tiernos No son por bien, apostaré los cuernos.» Así le respondió la astuta Cabra, Y el León se fue sin replicar palabra. Lo paga la infeliz con el pellejo, Si toma sin examen el consejo.

16. La hacha y el mango

Fábula XVI 16.La hacha y el mango Un hombre que en el bosque se miraba Con una Hacha sin Mango, suplicaba A los árboles diesen la madera Que más sólida fuera Para hacerle uno fuerte y muy durable. Al punto la arboleda innumerable Le cedió el acebuche; y él, contento, Perfeccionando luego su instrumento, De rama en rama va cortando a gusto Del alto roble el brazo más robusto. Ya los árboles todos recorría, Y mientras los mejores elegía, Dijo la triste encina al fresno: «Amigo: Infeliz del que ayuda a su enemigo»

17. La onza y los pastores

Fábula XVII 17.La onza y los pastores En una trampa una Onza inadvertida Dio mísera caída. Al verla sin defensa, Corrieron a la ofensa Los vecinos Pastores, No valerosos, pero sí traidores. Cada cual por su lado La maltrataba airado, Hasta dejar sus fuerzas desmayadas, Unos a palos, otros a pedradas. Al fin la abandonaron por perdida; Pero viéndola dar muestras de vida, Cierto Pastor, dolido de su suerte, Por evitar su muerte, La arrojó la mitad de su alimento, Con que pudiese recobrar aliento. Llega la noche, témplase la saña; Marchan a descansar a la cabaña Todos, con esperanza muy fundada De hallarla muerta por la madrugada; Mas la fiera entre tanto, Volviendo poco a poco del quebranto, Toma nuevo valor y fuerza nueva; Salta, deja la trampa, va a su cueva, Y al sentirse del todo reforzada, Sale si muy ligera, más airada. Ya destruye ganados, Ya deja los Pastores destrozados; Nada aplaca su cólera violenta, Todo lo tala, en todo se ensangrienta. El buen Pastor, por quien tal vez vivía, Lleno de horror, la vida le pedía. «No serás maltratado, Dijo la Onza, vive descuidado; Que yo sólo persigo a los traidores Que me ofendieron, no a mis bienhechores.» Quien hace agravios tema la venganza; Quien hace bien, al fin el premio alcanza.

18. El grajo vano

Fábula XVIII 18.El grajo vano Con las plumas de un pavo Un Grajo se vistió; pomposo y bravo En medio de los pavos se pasea; La manada lo advierte, lo rodea: Todos le pican, burlan y lo envían, ¿Dónde, si ni los grajos le querían? ¿Cuánto ha que repetimos este cuento, Sin que haya en los plagiarios escarmiento?

19. El hombre y la comadreja

Fábula XIX 19.El hombre y la comadreja Así decía cierta Comadreja A un Hombre que la había aprisionado: «¿Por qué no me dejáis? ¿Os he yo dado Motivo de disgusto ni de queja? ¿No soy la que desvanes y rincones, Tu casa toda, cual si fuese mía, Cuidadosa registro noche y día, Para que vivas libre de ratones?» «¡Gran fineza por cierto! El Hombre respondió. Pues di, ladrona, Si tu glotonería no perdona Ni a ratón vivo ni a cochino muerto, Ni a cuanto guardan ruines despenseras, ¿Cómo he de creer que tu cuidado apura Por mi bien los ratones? ¡Qué locura! No tendría yo malas tragaderas. Morirás; y el astuto que pretenda Vender como fineza lo que ha hecho Sin mirar a más fin que a su provecho, Sabrá que hay en el mundo quien lo entienda.»

20. Batalla de las comadrejas

Fábula XX 20.Batalla de las comadrejas y de los ratones Vencidos los ratones, Huían con presteza De una atroz enemiga Tropa de Comadrejas; Marchaban con desorden, Que cuando el miedo reina, Es la confusión sola El jefe que gobierna. Llegaron presurosos A sus angostas cuevas, Logrando los soldados Entrar a duras penas; Pero los capitanes, Que en las estrechas puertas Quedaron atascados Sin ninguna defensa, A causa de unos cuernos Puestos en las cabezas, Para ser de sus tropas vistos en la refriega, Fueron las desdichadas Víctimas de la guerra, Haciendo de sus cuerpos Pasto las Comadrejas. ¡Cuántas veces los hombres Distinciones anhelan, Y suelen ser la causa De sus desdichas ellas! Si Júpiter dispara Sus rayos a la tierra Antes que a las cabañas A los palacios y a las torres llegan.

21. El león y la rana

Fábula XXI 21.El león y la rana Una lóbrega noche silenciosa Iba un León horroroso Con mesurado paso majestuoso Por una selva; oyó una voz ruidosa, Que con tono molesto y continuado Llamaba la atención y aun el cuidado Del reinante animal, que no sabía De qué bestia feroz quizá saldría Aquella voz, que tanto más sonaba Cuanto más en silencio todo estaba. Su majestad leonesa La selva toda registrar procura; Mas nada encuentra con la noche oscura, Hasta que pudo ver, ¡oh qué sorpresa! Que sale de un estanque a la mañana La tal bestia feroz, y era una Rana. Llamará la atención de mucha gente El charlatán con su manía loca; Mas ¿qué logra, si al fin verá el prudente Que no es sino una Rana, todo boca?

22. El ciervo y los bueyes

Fábula XXII 22.El ciervo y los bueyes Con inminente riesgo de la vida un ciervo se escapó de una batida, Y en la quinta cercana de repente Se metió en el establo incautamente. Dícele un buey: «¿Ignoras, desdichado, Que aquí viven los hombres? ¡Ah cuitado! Detente, y hallarás tanto reposo Como perdiz en boca de raposo.» El Ciervo respondió: «Pero, no obstante, Dejadme descansar algún instante, Y en la ocasión primera Al bosque espeso emprendo mi carrera.» Oculto en el ramaje permanece; A la noche el boyero se aparece, Al ganado reparte su alimento, Nada divisa, sálese al momento. El mayoral y los criados entran, Y tampoco le encuentran. Libre de aquel apuro El ciervo se contaba por seguro; Pero el Buey, más anciano, Le dice: «¿Qué? ¿Te alegras tan temprano? Si el amo llega, lo perdiste todo; Yo le llamo cien-ojos por apodo: Mas chitón, que ya viene.» Entra Cien-ojos; todo lo previene; A los rústicos dice: «No hay consuelo; Las colleras tiradas por el suelo, Limpio el pesebre, pero muy de paso; El ramaje muy seco y más escaso. Señor mayoral, ¿es éste buen gobierno?» En esto mira al enramado cuerno Del triste Ciervo; grita, acuden todos Contra el pobre animal de varios modos, Y a la rústica usanza Se celebró la fiesta de matanza. Esto quiere decir que el amo bueno No se debe fiar del ojo ajeno.

23. Los navegantes

Fábula XXIII 23.Los navegantes Lloraban unos tristes Pasajeros Vendo su pobre nave combatida De recias olas y de vientos fieros, Ya casi sumergida; Cuando súbitamente El viento calma, el cielo se serena, Y la afligida gente Convierte en risa la pasada pena; Mas el piloto estuvo muy sereno Tanto en la tempestad como en bonanza, Pues sabe que lo malo y que lo bueno Está sujeto a súbita mudanza.

24. El torrente y el río

Fábula XXIV 24.El torrente y el río Despeñado un Torrente De un encumbrado cerro Caía en una peña, Y atronaba el recinto con su estruendo. Seguido de ladrones Un triste pasajero, Despreciando el ruido, Atravesó el raudal sin desaliento; Que es común en los hombres Poseídos del miedo, Para salvar la vida, Exponerla tal vez a mayor riesgo. Llegaron los bandidos, Practicaron lo mesmo Que antes el caminante, Y fueron en su alcance y seguimiento. Encontró el miserable De allí a muy poco trecho Un Río caudaloso, Que corría apacible y con silencio. Con tan buenas señales, Y el próspero suceso Del raudal bullicioso, Determinó vadearle sin recelo; Mas apenas dio un paso Pagó su desacuerdo, Quedando sepultado En las aleves aguas sin remedio. Temamos los peligros De designios secretos; Que el ruidoso aparato Si no se desvanece, anuncia el riesgo.

25. El león, el lobo y la zorra

Fábula XXV 25.El león, el lobo y la zorra Trémulo y achacoso A fuerza de años un León estaba; Hizo venir los médicos, ansioso De ver si alguno de ellos le curaba. De todas las especies y regiones Profesores llegaban a millones. Todos conocen incurable el daño; Ninguno al Rey propone el desengaño; Cada cual sus remedios le procura, Como si la vejez tuviese cura. Un Lobo cortesano Con tono adulador y fin torcido Dijo a su Soberano: «He notado, Señor, que no ha asistido La Zorra como médico al congreso, Y pudiera esperarse buen suceso De su dictamen en tan grave asunto.» Quiso su Majestad que luego al punto Por la posta viniese; Llega, sube a palacio, y como viese Al Lobo, su enemigo, ya instruida De que él era autor de su venida, Que ella excusaba cautelosamente, Inclinándose al Rey profundamente, Dijo: «Quizá, Señor, no habrá faltado Quien haya mi tardanza acriminado; Mas será porque ignora Que vengo de cumplir un voto ahora, Que por vuestra salud tenía hecho; Y para más provecho, En mi viaje traté gentes de ciencia Sobre vuestra dolencia. Convienen pues los grandes profesores En que no tenéis vicio en los humores, Y que sólo los años han dejado El calor natural algo apagado; Pero éste se recobra y vivifica Sin fastidio, sin drogas de botica, Con un remedio simple, liso y llano, Que vuestra majestad tiene en la mano. A un Lobo vivo arránquenle el pellejo, Y mandad que os le apliquen al instante, Y por más que estéis débil, flaco y viejo, Os sentiréis robusto y rozagante, Con apetito tal, que sin esfuerzo El mismo Lobo os servirá de almuerzo.» Convino el Rey, y entre el furor y el hierro Murió el infeliz Lobo como un perro. Así viven y mueren cada día En su guerra interior los palaciegos Que con la emulación rabiosa ciegos Al degüello se tiran a porfía. Tomen esta lección muy oportuna: Lleguen a la privanza enhorabuena, Mas labren su fortuna Sin cimentarla en la desgracia ajena.