Libro octavo

Libro octavo

1. El naufragio de Simónides

Fábula primera 1. El naufragio de Simónides A Elisa En tanto que tus vanas compañeras, Cercadas de galanes seductores, Escuchan placenteras En la escuela de Venus los amores, Elisa, retirada te contemplo De la diosa Minerva al sacro templo. Ni eres menos donosa, Ni menos agraciada Que Clori, ponderada De gentil y de hermosa: Pues, Elisa divina, ¿por qué quieres Huir en tu retiro los placeres? ¡Oh sabia, qué bien haces En estimar en poco la hermosura, Los placeres fugaces, El bien que sólo dura Como rosa que el ábrego marchita! Tu prudencia infinita Busca el sólido bien y permanente En la virtud y ciencia solamente. Cuando el tiempo implacable con presteza O los males tal vez inopinados, Se lleven la hermosura y gentileza, Con lágrimas estériles llorados Serán aquellos días que se fueron Y a juegos vanos tus amigas dieron; Pero a tu bien estable No hay tiempo ni accidente que consuma: Siempre serás feliz, siempre estimable. Eres sabia, y en suma Este bien de la ciencia no perece. Oye cómo esta fábula lo explica, Que mi respeto a tu virtud dedica. Simónides en Asia se enriquece, Cantando a justo precio los loores De algunos generosos vencedores. Este sabio poeta, con deseo De volver a su amada patria Ceo, Se embarca, y en la mar embravecida Fue la mísera nave sumergida. De la gente a las ondas arrojada, Sale quien diestro nada, Y el que nadar no sabe Fluctúa en las reliquias de la nave. Pocos llegan a tierra, afortunados, Con las náufragas tablas abrazados. Todos cuantos el oro recogieron, Con el peso abrumados, perecieron. A Clecémone van. Allí vivía Un varón literato, que leía Las obras de Simónides, de suerte Que al conversar los náufragos, advierte Que Simónides habla, y en su estilo Le conoce; le presta todo asilo De vestidos, criados y dineros; Pero a sus compañeros Les quedó solamente por sufragio Mendigar con la tabla del naufragio.

2. El filósofo y la pulga

Fábula II 2. El filósofo y la pulga Meditando a sus solas cierto día. Un pensador Filósofo decía: «El jardín adornado de mil flores, Y diferentes árboles mayores, Con su fruta sabrosa enriquecidos, Tal vez entretejidos Con la frondosa vid que se derrama Por una y otra rama, Mostrando a todos lados Las peras y racimos desgajados, Es cosa destinada solamente Para que la disfruten libremente La oruga, el caracol, la mariposa: No se persuaden ellos otra cosa. Los pájaros sin cuento, Burlándose del viento, Por los aires sin dueño van girando. El milano cazando Saca la consecuencia: Para mí los crió la Providencia. El cangrejo, en la playa envanecido, Mira los anchos mares, persuadido A que las olas tienen por empleo Sólo satisfácele su deseo, Pues cree que van y vienen tantas veces Por dejarle en la orilla ciertos peces. No hay, prosigue el Filósofo profundo, Animal sin orgullo en este mundo. El hombre solamente Puede en esto alabarse justamente. Cuando yo me contemplo colocado En la cima de un risco agigantado, Imagino que sirve a mi persona Todo el cóncavo cielo de corona. Veo a mis pies los mares espaciosos, Y los bosques umbrosos, Poblados de animales diferentes, Las escamosas gentes, Los brutos y las fieras, Y las aves ligeras, Y cuanto tiene alimento En la tierra, en el agua y en el viento, Y digo finalmente: Todo es mío. ¡Oh grandeza del hombre y poderío!» Una Pulga que oyó con gran cachaza Al Filósofo maza, Dijo: «Cuando me miro en tus narices, Como tú sobre el risco que nos dices, Y contemplo a mis pies aquel instante Nada menos que al hombre dominante, Que manda en cuanto encierra El agua, viento y tierra, Y que el tal poderoso caballero De alimento me sirve cuando quiero, Concluyo finalmente: Todo es mío. ¡Oh grandeza de pulga y poderío!» Así dijo, y saltando se le ausenta. De este modo se afrenta Aun al más poderoso Cuando se muestra vano y orgulloso.

3. El cazador y los conejos

Fábula III 3. El cazador y los conejos Poco antes que esparciese Sus cabellos en hebras El rubicundo Apolo Por la faz de la tierra, De cazador armado, Al soto Fabio llega. Por el nudoso tronco De cierta encina vieja Sube para ocultarse En las ramas espesas. Los incautos conejos Alegres se le acercan. Uno del verde prado Igualaba la hierba; Otro, cual jardinero, Las florecillas siega; El tomillo y romero Éste y aquél cercenan; Entre tanto al más gordo Fabio su tiro asesta; Dispara, y al estruendo Se meten en sus cuevas Tan repentinamente, Que a muchos pareciera Que, salvo el muerto, a todos Se los tragó la tierra. Después de tanto espanto, ¿Habrá alguno que crea Que de allí a poco rato La tímida caterva, Olvidando el peligro, Al riesgo se presenta? Cosa extraña parece Mas no se admiren de ella. ¿Acaso los humanos Hacen de otra manera?

4. El filósofo y el faisán

Fábula IV 4. El filósofo y el faisán Llevado de la dulce melodía Del cántico variado y delicioso Que en un bosque frondoso Las aves forman, saludando al día, Entró cierta mañana Un sabio en los dominios de Diana. Sus pasos esparcieron el espanto En la agradable estancia; Interrúmpese el canto; Las aves vuelan a mayor distancia; Todos los animales, asustados, Huyen delante de él precipitados, Y el Filósofo queda Con un triste silencio en la arboleda. Marcha con cauto paso ocultamente; Descubre sobre un árbol eminente A un faisán, rodeado de su cría, Que con amor materno la decía: «Hijos míos, pues ya que en mis lecciones Largamente os hablé de los milanos, De los buitres y halcones, Hoy hemos de tratar de los humanos. La oveja en leche y lana Da abrigo y alimento Para la raza humana, Y en agradecimiento A tan gran bienhechora, La mata el hombre mismo y la devora. A la abeja, que labra sus panales Artificiosamente, La roba, come, vende sus caudales, Y la mata en ejércitos su gente. ¿Qué recompensa, en suma, Consigue al fin el ganso miserable Por el precioso bien, incomparable, De ayudar a las ciencias con su pluma? Le da muerte temprana el hombre ingrato, Y hace de su cadáver un gran plato. Y pues que los humanos son peores Que milanos y azores Y que toda perversa criatura, Huiréis con horror de su figura.» Así charló, y el hombre se presenta. «Ese es», grita la madre, y al instante La familia volante Se desprende del árbol y se ausenta. ¡Oh cómo habló el Faisán! «Mas ¡qué dijera El Filósofo exclama, si supiera Que en sus propios hermanos La ingratitud ejercen los humanos.»

5. El zapatero médico

Fábula V 5. El zapatero médico Un inhábil y hambriento Zapatero En la corte por médico corría: Con un contraveneno que fingía Ganó fama y dinero. Estaba el Rey postrado en una cama, De una grave dolencia; Para hacer experiencia Del talento del médico, le llama. El antídoto pide, y en un vaso Finge el Rey que le mezcla con veneno: Se lo manda beber; el tal Galeno Teme morir, confiesa todo el caso, Y dice que sin ciencia Logró hacerse doctor de grande precio Por la credulidad del vulgo necio. Convoca el Rey al pueblo. «¡Qué demencia Es la vuestra, exclamó, que habéis fiado La salud francamente De un hombre a quien la gente Ni aun quería fiarle su calzado!» Esto para los crédulos se cuenta, En quienes tiene el charlatán su renta.

6. El murciélago y la comadreja

Fábula VI 6. El murciélago y la comadreja Cayó, sin saber cómo, Un Murciélago a tierra; Al instante le atrapa La lista Comadreja. Clamaba el desdichado, Viendo su muerte cerca. Ella le dice: «Muere; Que por naturaleza Soy mortal enemiga De todo cuanto vuela.» El avechucho grita, Y mil veces protesta «Que él es ratón, cual todos Los de su descendencia» Con esto ¡qué fortuna! El preso se liberta. Pasado cierto tiempo, No sé de qué manera, Segunda vez le pilla: Él nuevamente ruega; Mas ella le responde «Que Júpiter la ordena Tenga paz con las aves, Con los ratones guerra.» «¿Soy yo ratón acaso? Yo creo que estás ciega. ¿Quieres ver cómo vuelo?» En efecto, le deja, Y a merced de su ingenio libre el pájaro vuela. Aquí aprendió de Esopo La gente marinera, Murciélagos que fingen Pasaporte y bandera. No importa que haya pocos Ingleses comadrejas; Tal vez puede de un riesgo Sacarnos una treta.

7. La mariposa y el caracol

Fábula VII 7. La mariposa y el caracol Aunque te haya elevado la fortuna Desde el polvo a los cuernos de la luna, Si hablas, Fabio, al humilde con desprecio Tanto como eres grande serás necio. ¡Qué! ¿Te irritas? ¿Te ofende mi lenguaje? «No se habla de ese modo a un personaje.» Pues haz cuenta, señor, que no me oíste, Y escucha a un Caracol. Vaya de chiste En un bello jardín, cierta mañana, Se puso muy ufana Sobre la blanca rosa Una recién nacida Mariposa. El sol resplandeciente Desde su claro oriente Los rayos esparcía; Ella, a su luz, las alas extendía, Sólo porque envidiasen sus colores Manchadas aves y pintadas flores. Esta vana, preciada de belleza, Al volver la cabeza, Vio muy cerca de sí, sobre una rama, A un pardo Caracol. La bella dama, Irritada, exclamó: «¿Cómo, grosero, A mi lado te acercas? Jardinero, ¿De qué sirve que tengas con cuidado El jardín cultivado, Y guarde tu desvelo La rica fruta del rigor del hielo, Y los tiernos botones de las plantas, Si ensucia y come todo cuanto plantas Este vil Caracol de baja esfera? O mátale al instante, o vaya fuera.» «Quien ahora te oyese, Si no te conociese, Respondió el Caracol, en mi conciencia, Que pudiera temblar en tu presencia. Mas dime, miserable criatura, Que acabas de salir de la basura, ¿Puedes negar que aún no hace cuatro días Que gustosa solías Como humilde reptil andar conmigo, Y yo te hacía honor en ser tu amigo? ¿No es también evidente Que eres por línea recta descendiente De las orugas, pobres hilanderos, Que, mirándose en cueros, De sus tripas hilaban y tejían Un fardo, en que el invierno se metían, Como tú te has metido, Y aún no hace cuatro días que has salido? Pues si éste fue tu origen y tu casa; ¿Por qué tu ventolera se propasa A despreciar a un caracol honrado?» El que tiene de vidrio su tejado, Esto logra de bueno Con tirar las pedradas al ajeno.

8. Los dos titiriteros

Fábula VIII 8. Los dos titiriteros Todo el pueblo, admirado, Estaba en una plaza amontonado, Y en medio se empinaba un Titiritero, Enseñando una bolsa sin dinero. «Pase de mano en mano, les decía; Señores, no hay engaño, está vacía.» Se la vuelven; la sopla, y al momento Derrama pesos duros, ¡qué portento! Levántase un murmullo de repente, Cuando ven por encima de la gente Otro Titiritero a competencia. Queda en expectación la concurrencia Con silencio profundo. Cesó el primero, y empezó el segundo. Presenta de licor unas botellas; Algunos se arrojaron hacia ellas, Y al punto las hallaron transformadas En sangrientas espadas. Muestra un par de bolsillos de doblones; Dos personas, sin duda dos ladrones, Les echaron la garra muy ufanos, Y se ven dos cordeles en sus manos. A un relator cargado de procesos Una letra le enseña de mil pesos. «Sople usted»; sopla el hombre apresurado, Y le cierra los labios un candado. A un abate arrimado a su cortejo Le presenta un espejo, Y al mirar su retrato peregrino, Se vio con las orejas de pollino. A un santero le manda Que se acerque; le pilla la demanda, Y allá con sus hechizos La convirtió en merienda de chorizos. A un joven desenvuelto y rozagante: Le regala un diamante: Éste le dio a su dama, y en el punto Pálido se quedó como un difunto, Item más, sin narices y sin dientes. Allí fue la rechifla de las gentes, La burla y la chacota. El primer Titiritero se alborota; Dice por el segundo con denuedo: «Ese hombre tiene un diablo en cada dedo, Pues no encierran virtud tan peregrina Los polvos de la madre Celestina. Que declare su nombre.» El concurso lo pide, y el buen hombre Entonces, más modesto que un novicio, Dijo: «No soy el diablo, sino el vicio.»

9. El raposo y el perro

Fábula IX 9. El raposo y el perro De un modo muy afable y amistoso El Mastín de un pastor con un Raposo Se solía juntar algunos ratos, Como tal vez los perros y los gatos Con amistad se tratan. Cierto día El Zorro a su compadre le decía: «Estoy muy irritado; Los hombres por el mundo han divulgado Que mi raza inocente (¡qué injusticia!) Les anda circumcirca en la malicia. ¡Ah maldita canalla! Si yo pudiera…» En esto el Zorro calla, Y erizado se agacha. «Soy perdido, Dice, los cazadores he oído. ¿Qué me sucede?» «Nada. No temas, le responde el camarada; Son las gentes que pasan al mercado. Mira, mira, cuitado, Marchar haldas en cinta a mis vecinas, Coronadas con cestas de gallinas.» «No estoy, dijo el Raposo, para fiestas: Vete con tus gallinas y tus cestas, Y satiriza a otro. Porque sabes Que robaron anoche algunas aves, ¿He de ser yo el ladrón?» «En mi conciencia, Que hablé, dijo el Mastín, con inocencia. ¿Yo pensar que has robado gallinero, Cuando siempre te vi como un cordero?» «¡Cordero! exclama el Zorro; no hay aguante. Que cordero me vuelva en el instante, Si he hurtado el que falta en tu majada.» «¡Hola! concluye el Perro, Camarada, El ladrón es usted, según se explica» El estuche molar al punto aplica Al mísero Raposo, Para que así escarmiente el cosquilloso, Que de las fabuliilas se resiente. Si no estás inocente, Dime, ¿por qué no bajas las orejas? Y si acaso lo estás, ¿de qué te quejas?