Libro séptimo

Libro séptimo

1. El raposo enfermo

Fábula primera 1.El raposo enfermo El tiempo, que consume de hora en hora Los fuertes murallones elevados, Y lo mismo devora Montes agigantados, A un Raposo quitó de día en día Dientes, fuerza, valor, salud; de suerte Que él mismo conocía Que se hallaba en las garras de la muerte. Cercado de parientes y de amigos, Dijo en trémula voz y lastimera: «!Oh vosotros, testigos De mi hora postrera, Atentos escuchad un desengaño! Mis ya pasadas culpas me atormentan, Ahora, conjuradas en mi daño, ¿No veis cómo a mi lado se presentan? Mirad, mirad los gansos inocentes Con su sangre teñidos, Y los pavos en partes diferentes, Al furor de mis garras, divididos. Apartad esas aves que aquí veo, Y me piden sus pollos devorados: Su infernal cacareo Me tiene los oídos penetrados.» Los raposos le afirman con tristeza, No sin lamerse labios y narices: «Tienes debilitada la cabeza; Ni una pluma se ve de cuanto dices. Y bien lo puedes creer, que si se viese…» «¡Oh glotones! callad; ya, ya os entiendo, El enfermo exclamó; ¡si yo pudiese Corregir las costumbres cual pretendo! ¿No sentís que los gustos, Si son contra la paz de la conciencia, Se cambian en disgustos? Tengo de esta verdad gran experiencia. Expuestos a las trampas y a los perros, Matáis y perseguís a todo trapo, En la aldea gallinas, y en los cerros Los inocentes lomos del gazapo. Moderad, hijos míos, las pasiones; Observad vida quieta y arreglada, Y con buenas acciones Ganaréis opinión muy estimada.» «Aunque nos convirtamos en corderos, Le respondió un oyente sentencioso, Otros han de robar los gallineros A costa de la fama del Raposo. Jamás se cobra la opinión perdida: Esto es lo uno. A más, ¿usted pretende Que mudemos de vida? Quien malas mañas ha… ya usted me entiende.» «Sin embargo, hermanito, crea, crea… El enfermo le dijo. Mas ¡qué siento!… ¿No oís que una gallina cacarea? Esto sí que no es cuento.» Adiós, sermón; escápase la gente. El enfermo orador esfuerza el grito: «¿Os vais, hermanos? Pues tened presente Que no me haría daño algún pollito.»

2. Las exequias de la leona

Fábula II 2.Las exequias de la leona En su regia caverna, inconsolable El rey león yacía, Porque en el mismo día Murió ¡cruel dolor! su esposa amable. A palacio la corte toda llega, Y en fúnebre aparato se congrega. En la cóncava gruta resonaba Del triste rey el doloroso llanto; Allí los cortesanos entre tanto También gemían porque el rey lloraba; Que si el viudo monarca se riera, La corte lisonjera Trocara en risa el lamentable paso. Perdone la difunta: voy al caso. Entre tanto sollozo El ciervo no lloraba, yo lo creo; Porque, lleno de gozo, Miraba ya cumplido su deseo. La tal reina le había devorado Un hijo y la mujer al desdichado. El ciervo, en fin, no llora; El concurso lo advierte: El monarca lo sabe, y en la hora Ordena con furor darle la muerte. «¿Cómo podré llorar, el ciervo dijo, Si apenas puedo hablar de regocijo? Ya disfruta, gran rey, más venturosa, Los Elíseos Campos vuestra esposa: Me lo ha revelado, a la venida, Muy cerca de la gruta aparecida. Me mandó lo callase algún momento, Porque gusta mostréis el sentimiento.» Dijo así; y el concurso cortesano Aclamó por milagro la patraña. El ciervo consiguió que el soberano Cambiase en amistad su fiera saña. Los que en la indignación han incurrido De los grandes señores A veces su favor han conseguido Con ser aduladores. Mas no por esto advierto Que el medio sea justo; pues es cierto Que a más príncipes vicia La adulación servil que la malicia.

3. El poeta y la rosa

Fábula III 3.El poeta y la rosa Una fresca mañana, En el florido campo Un Poeta buscaba Las delicias de mayo. Al peso de las flores Se inclinaban los ramos, Como para ofrecerse Al huésped solitario. Una Rosa lozana, Movida al aire blando, Le llama, y él se acerca; La toma, y dice ufano: «Quiero, Rosa, que vayas No más que por un rato A que la hermosa Clori Te reciba en su mano. Mas no, no, pobrecita; Que si vas a su lado, Tendrás de su hermosura Unos celos amargos. Tu suave fragancia, Tu color delicado, El verdor de tus hojas Y tus pimpollos caros Entre estas florecillas Pueden ser alabados; Mas junto a Clori bella, Es locura pensarlo. Marchita, cabizbaja, Te irías deshojando, Hasta parar tu vida En un desnudo cabo.» La Rosa, que hasta entonces No despegó sus labios, Le dijo, resentida: «Poeta chabacano, Cuando a un héroe quieras Coronar con el lauro, Del jardín de sus hechos Has de cortar los ramos. Por labrar su corona, No es justo que tus manos Desnuden otras sienes Que la virtud y el mérito adornaron.»

4. El búho y el hombre

Fábula IV 4.El búho y el hombre Vivía en un granero retirado Un reverendo Búho, dedicado A sus meditaciones, Sin olvidar la caza de ratones. Se dejaba ver poco, mas con arte: Al Gran Turco imitaba en esta parte. El dueño del granero Por azar advirtió que en un madero El pájaro nocturno Con gravedad estaba taciturno. El Hombre le miraba y se reía; «¡Qué carita de pascua! le decía; ¿Puede haber más ridículo visaje? Vaya, que eres un raro personaje. ¿Por qué no has de vivir alegremente Con la pájara gente, Seguir desde la aurora A la turba canora De jilgueros, calandrias, ruiseñores, Por valles, fuentes, árboles y flores?» «Piensas a lo vulgar, eres un necio, Dijo el solemne Búho con desprecio; Mira, mira, ignorante, A la sabiduría en mi semblante: Mi aspecto, mi silencio, mi retiro, Aun yo mismo lo admiro. Si rara vez me digno, como sabes, De visitar la luz, todas las aves Me siguen y rodean: desde luego Mi mérito conocen, no lo niego.» «¡Ah tonto presumido!, El Hombre dijo así; ten entendido Que las aves, muy lejos de admirarte, Te siguen y rodean por burlarte. De ignorante orgulloso te motejan, Como yo a aquellos hombres que se alejan Del trato de las gentes, Y con extravagancias diferentes Han llegado a doctores en la ciencia De ser sabios no más que en la apariencia.» De esta suerte de locos Hay hombres como búhos, y no pocos.

5. La mona

Fábula V 5.La mona Subió una Mona a un nogal. Y cogiendo una nuez verde, En la cáscara la muerde; Con que la supo muy mal. Arrojóla el animal, Y se quedó sin comer. Así suele suceder A quien su empresa abandona. Porque halla, como la mona, Al principio qué vencer.

6. Esopo y un ateniense

Fábula VI 6.Esopo y un ateniense Cercado de muchachos Y jugando a las nueces, Estaba el viejo Esopo Más que todos alegre. «¡Ah pobre! ya chochea», Le dijo un Ateniense. En respuesta, el anciano Coge un arco que tiene La cuerda floja, y dice: «Ea, si es que lo entiendes, Dime, ¿qué significa El arco de esta suerte?» Lo examina el de Atenas, Piensa, cavila, vuelve, Y se fatiga en vano Pues que no lo comprende. El frigio victorioso Le dijo: «Amigo, advierte Que romperás el arco Si está tirante siempre; Si flojo, ha de servirte Cuando tú lo quisieres.» Si al ánimo estudioso Algún recreo dieren, Volverá a sus tareas Mucho más útilmente.

7. Demetrio y Menandro

Fábula VII 7.Demetrio y Menandro Si te falta el buen nombre, Fabio, en vano presumes Que en el mundo te tengan por grande hombre, Sin más que por tus galas y perfumes. Demetrio el Faleriano se apodera De Atenas, y aunque fue con tiranía, De agradable manera Los del vulgo le aclaman a porfía. Los grandes y los nobles distinguidos Con fingido placer la mano besan Que los tiene oprimidos; Aun a los que en el ocio se embelesan, Y la poltrona gente Los arrastra el temor al cumplimiento. Con ellos va Menandro juntamente, Dramático escritor de gran talento, Cuyas obras leyó, sin conocerle, Demetrio. Con perfumes olorosos Y pasos afectados entra. Al verle Llegar entre los tardos perezosos, El nuevo Arconte prorrumpió, enojado: «Con qué valor se pone en mi presencia Ese hombre afeminado?» «Señor, le respondió la concurrencia, Es Menandro el autor.» Al punto muda De semblante el tirano; Al escritor saluda, Y con grata expresión le da la mano.

8. Las hormigas

Fábula VIII 8.Las hormigas Lo que hoy las Hormigas son, Eran los hombres antaño: De lo propio y de lo extraño Hacían su provisión. Júpiter, que tal pasión Notó de siglos atrás, No pudiendo aguantar más, En hormigas los transforma: Ellos mudaron de forma; ¿Y de costumbres? Jamás.

9. Los gatos escrupulosos

Fábula IX 9.Los gatos escrupulosos A las once y aun más de la mañana La cocinera Juana, Con pretexto de hablar a la vecina, Se sale, cierra, y deja en la cocina A Micifuf y Zapirón hambrientos. Al punto, pues no gastan cumplimientos Gatos enhambrecidos, Se avanzan a probar de los cocidos. «¡Fu, dijo Zapirón, maldita olla! ¡Cómo abrasa! Veamos esa polla Que está en el asador lejos del fuego.» Ya también escaldado, desde luego Se arrima Micifuf, y en un instante Muestra cada trinchante Que en el arte cisoria, sin gran pena, Pudiera dar lecciones a Villena. Concluido el asunto, El señor Micifuf tocó este punto. Utrum si se podía o no en conciencia Comer el asador. «¡Oh qué demencia! Exclamó Zapirón en altos gritos, ¡Cometer el mayor de los delitos! ¿No sabes que el herrero Ha llevado por él mucho dinero, Y que, si bien la cosa se examina, Entre la batería de cocina No hay un mueble más serio y respetable? Tu pasión te ha engañado, miserable.» Micifuf en efecto Abandonó el proyecto; Pues eran los dos Gatos De suerte timoratos, Que si el diablo, tentando sus pasiones, Les pusiese asadores a millones (No hablo yo de las pollas), o me engaño, O no comieran uno en todo el año. De otro modo ¡Qué dolor! por un descuido Micifuf y Zapirón Se comieron un capón, En un asador metido. Después de haberse lamido, Trataron en conferencia Si obrarían con prudencia En comerse el asador. ¿Le comieron? No señor. Era caso de conciencia.

10. El águila y la asamblea de los animales

Fábula X 10.El águila y la asamblea de los animales Todos los animales cada instante Se quejaban a Júpiter tonante De la misma manera Que si fuese un alcalde de montera. El Dios, y con razón, amostazado Viéndose importunado, Por dar fin de una vez a las querellas, En lugar de sus rayos y centellas, De receptor envía desde el cielo Al Águila rapante, que de un vuelo En la tierra juntó los animales Y expusieron en suma cosas tales. Pidió el león la astucia del raposo, Este de aquél lo fuerte y valeroso; Envidia la paloma al gallo fiero, El gallo a la paloma lo ligero. Quiere el sabueso patas más felices, Y cuenta como nada sus narices. El galgo lo contrario solicita; Y en fin, cosa inaudita, Los peces, de las ondas ya cansados, Quieren probar los bosques y los prados; Y las bestias, dejando sus lugares, Surcar las olas de los anchos mares. Después de oírlo todo, El Águila concluye de éste modo: «¿Tes, maldita caterva impertinente, Que entre tanto viviente De uno y otro elemento, Pues nadie está contenta, No se encuentra feliz ningún destino? Pues ¿para qué envidiar el del vecino?» Con sólo este discurso, Aun el bruto mayor de aquel concurso Se dio por convencido. De modo que es sabido Que ya sólo se matan los humanos En envidiar la suerte a sus hermanos.

11. La paloma

Fábula XI 11.La paloma Un pozo pintado vio Una Paloma sedienta: Tiróse a él tan violenta, Que contra la tabla dio. Del golpe, al suelo cayó, Y allí muere de contado. De su apetito guiado, Por no consultar al juicio, Así vuela al precipicio El hombre desenfrenado.

12. El chivo afeitado

Fábula XII 12.El chivo afeitado «Vaya una quisicosa. Si aciertas, Juana hermosa, Cuál es el animal más presumido, Que rabia por hacerse distinguido Entre sus semejantes, Te he de regalar un par de guantes. No es el pavón, ni el gallo, Ni el león, ni el caballo; Y así, no me fatigues coa demandas.» «¿Será tal vez… el mono?» «Cerca le andas.» «¿El mico?» «Que te quemas; Pero no acertarás: no, no lo temas. Déjalo, no te canses el caletre. Yo te diré cuál es: el Petimetre.» Este vano orgulloso Pierde tiempo, doblones y reposo En hacer distinguida su figura. No para en los adornos su locura; Hace estudio de gestos y de acciones A costa de violentas contorsiones. De perfumes va siempre prevenido; No quiere oler a hombre ni en descuido. Que mire, marche o hable, En todo busca hacerse remarcable. ¿Y qué consigue? Lo que todo necio: Cuanto más se distingue, más desprecio. En la historia siguiente yo me fundo. Un Chivo, como muchos en el mundo, Vano extremadamente, Se miraba al espejo de una fuente. «¡Qué lástima, decía, Que esté mi juventud y lozanía Por siempre disfrazada Debajo de esta barba tan poblada! ¿Y cuándo? Cuando en todas las naciones No tienen ni aun bigotes los varones; Pues ya cuentan que son los moscovitas, Si barbones ayer, hoy señoritas. ¡Qué cabrunos estilos tan groseros! A bien que estoy en tierra de barberos.» La historia fue en Tetuán, y todo el día La barberil guitarra se sentía, El Chivo fue, guiado de su tono, A la tienda de un mono, Barberillo afamado, Que afeitó al señorito de contado. Sale barbilampiño a la campaña. Al ver una figura tan extraña, No hubo perro ni gato Que no le hiciese burla al mentecato. Los chivos le desprecian de manera, Que no hay más que decir. ¡Quién lo creyera! Un respetable macho Dicen que rió como un muchacho.