Libro sexto

Libro sexto

1. El pastor y el filósofo

Fábula primera 1.El pastor y el filósofo De los confusos pueblos apartado, Un anciano Pastor vivió en su choza, En el feliz estado en que se goza Existir ni envidioso ni envidiado. No turbó con cuidados la riqueza A su tranquila vida, Ni la extremada mísera pobreza Fue del dichoso anciano conocida. Empleado en su labor gustosamente Envejeció; sus canas, su experiencia Y su virtud le hicieron, finalmente, Respetable varón, hombre de ciencia. Voló su grande fama por el mundo; Y llevado de nueva tan extraña, Acercóse un Filósofo profundo A la humilde cabaña, Y preguntó al Pastor: «Dime, ¿en qué escuela Te hiciste sabio? ¿Acaso te ocupaste Largas noches leyendo a la candela? ¿A Grecia y Roma sabias observaste? ¿Sócrates refinó tu entendimiento? ¿La ciencia de Platón has tú medido O pesaste de Tulio el gran talento, O tal vez, como Ulises, has corrido Por ignorados pueblos y confusos Observando costumbres, leyes y usos?» «Ni las letras seguí, ni como Ulises (Humildemente respondió el anciano), Discurrí por incógnitos países. Sé que el género humano En la escuela del mundo lisonjero Se instruye en el doblez y la patraña. Con la ciencia que engaña ¿Quién podrá hacerse sabio verdadero? Lo poco que yo sé me lo ha enseñado Naturaleza en fáciles lecciones: Un odio firme al vicio me ha inspirado, Ejemplos de virtud da a mis acciones. Aprendí de la abeja lo industrioso, Y de la hormiga, que en guardar se afana, A pensar en el día de mañana. Mi mastín, el hermoso Y fiel sin semejante, De gratitud y lealtad constante Es el mejor modelo, Y si acierto a copiarle, me consuelo. Si mi nupcial amor lecciones toma, Las encuentra en la cándida paloma. La gallina a sus pollos abrigando Con sus piadosas alas como madre, Y las sencillas aves aun volando, Me prestan reglas para ser buen padre. Sabia naturaleza, mi maestra, Lo malo y lo ridículo me muestra Para hacérmelo odioso. Jamás hablo a las gentes Con aire grave, tono jactancioso, Pues saben los prudentes Que, lejos de ser sabio el que así hable, Será un búho solemne, despreciable. Un hablar moderado, Un silencio oportuno En mis conversaciones he guardado. El hablador molesto e importuno Es digno de desprecio. Quien escuche a la urraca será un necio. A los que usan la fuerza y el engaño Para el ajeno daño, Y usurpan a los otros su derecho, Los debe aborrecer un noble pecho. Únanse con los lobos en la caza, Con milanos y halcones, Con la maldita serpentina raza, Caterva de carnívoros ladrones. Mas ¡qué dije! Los hombres tan malvados Ni aún merecen tener esos aliados. No hay dañino animal tan peligroso Como el usurpador y el envidioso. Por último, en el libro interminable De la naturaleza yo medito; En todo lo creado es admirable: Del ente más sencillo y pequeñito Una contemplación profunda alcanza Los más preciosos frutos de enseñanza.» «Tu virtud acredita, buen anciano (El Filósofo exclama), Tu ciencia verdadera y justa fama. Vierte el género humano En sus libros y escuelas sus errores; En preceptos mejores Nos da naturaleza su doctrina. Así quien sus verdades examina Con la meditación y la experiencia, Llegará a conocer virtud y ciencia.»

2. El hombre y la fantasma

Fábula II 2.El hombre y la fantasma Un joven licencioso Se hallaba en un estado vergonzoso, Con sus males secretos retirado; En soledad, doliente, exasperado, Cavila, llora, canta, jura, reza, Como quien ha perdido la cabeza. «¿Te falta la salud? Pues, caballero, De todo tu dinero, Nobleza, juventud y poderío Sábete que me río; Trata de recobrarla, pues perdida, ¿De qué sirven los bienes de esta vida?» Todo esto una Fantasma le previno, Y al instante se fue como se vino. El enfermo se cuida, se repone; Un nuevo plan de vida se propone. En efecto, se casa. Cércanle los cuidados de la casa, Que se van aumentando de hora en hora. La mujer (Dios nos libre), gastadora Aun mucho más que rica, Los hijos y las deudas multiplica; De modo que el marido, Más que nunca aburrido, Se puso sobre un pie de economía, Que estrechándola más de día en día, Al fin se enriqueció con opulencia. La Fantasma le dice: «En mi conciencia, Que te veo amarillo como el oro; Tienes tu corazón en el tesoro; Miras sobre tu pecho acongojado El puñal del ladrón enarbolado; Las noches pasas en mortal desvelo; ¿Y así quieres vivir?…¡Qué desconsuelo!» El Hombre, como caso milagroso, Se transformó de avaro en ambicioso. Llegó dentro de poco a la privanza: ¡El señor don Dinero qué no alcanza! La Fantasma le muestra claramente Un falso confidente: Cien traidores amigos, Que quieren ser autores y testigos De su pronta caída. Resuélvese a dejar aquella vida, Y ya desengañado, En los campos se mira retirado. Buscaba los placeres inocentes En las flores y frutas diferentes. ¿Quieren ustedes creer (esto me pasma) Que aun allí le persigue la Fantasma? Los insectos, los hielos y los vientos, Todos los elementos Y las plagas de todas estaciones Han de ser en el campo tus ladrones. Pues ¿adónde irá el pobre caballero?… Digo que es un solemne majadero Todo aquel que pretende Vivir en este mundo sin su duende.

3. El jabalí y el carnero

Fábula III 3.El jabalí y el carnero De la rama de un árbol un Carnero Degollado pendía; En él a sangre fría Cortaba el remangado Carnicero. El rebaño inocente, Que el trágico espectáculo miraba, De miedo, ni pacía ni balaba. Un jabalí gritó: «Cobarde gente, Que miráis la carnívora matanza, ¿Cómo no os vengáis del enemigo?» «Tendrá, dijo un Carnero, su castigo, Mas no de nuestra parte la venganza. La piel que arranca con sus propias manos Sirve para los pleitos y la guerra, Las dos mayores plagas de la tierra, Que afligen a los míseros humanos. Apenas nos desuellan, se destina Para hacer pergaminos y tambores; Mira cómo los hombres malhechores Labran en su maldad su propia ruina.»

4. El raposo, la mujer y el gallo

Fábula IV 4.El raposo, la mujer y el gallo Con la orejas gachas Y la cola entre piernas, Se llevaba un Raposo Un Gallo de la aldea. Muchas gracias al alba, Que pudo ver la fiesta, Al salir de su casa Juana la madruguera. Como una loca grita: «Vecinos, que le lleva; Que es el mío, vecinos.» Oye el Gallo las quejas, Y le dice al Raposo: «Dila que no nos mienta, Que soy tuyo y muy tuyo.» Volviendo la cabeza, La responde el Raposo: «Oyes, gran embustera, No es tuyo, sino mío; Él mismo lo confiesa.» Mientras esto decía, El Gallo libre vuela, Y en la copa de un árbol Canta que se las pela. El Raposo burlado Huyó; ¡quién lo creyera! Yo, pues a más de cuatro, Muy zorros en sus tretas, Por hablar a destiempo, Los vi perder la presa.

5. El filósofo y el rústico

Fábula V 5.El filósofo y el rústico La del alba sería La hora en que un Filósofo salía A meditar al campo solitario, En lo hermoso y lo vario, Que a la luz de la aurora nos enseña Naturaleza, entonces más risueña. Distraído sin senda caminaba, Cuando llegó a un cortijo, donde estaba Con un martillo el Rústico en la mano, En la otra un milano, Y sobre una portátil escalera. «¿Qué haces de esa manera?», El Filósofo dijo. «Castigar a un ladrón de mi cortijo, Que en mi corral ha hecho más destrozos Que todos los ladrones en Torozos. Le clavo en la pared… ya estoy contento… Sirve a toda tu raza de escarmiento.» «El matador es digno de la muerte, El Sabio dijo, mas si de esa suerte El milano merece ser tratado, ¿De qué modo será bien castigado El hombre sanguinario, cuyos dientes Devoran a infinitos inocentes, Y cuenta como mísera su vida, Si no hace de cadáveres comida? Y aun tú, que así castigas los delitos, Cenarías anoche tus pollitos.» «Al mundo le encontramos de este modo, Dijo airado el patán. Y sobre todo, Si lo mismo son hombres que milanos. Guárdese no le pille entre mis manos.» El Sabio se dejó de reflexiones. Al tirano le ofenden las razones Que demuestran su orgullo y tiranía; Mientras por su sentencia cada día Muere (viviendo él mismo impunemente) Por menores delitos otra gente.

6. La pava y la hormiga

Fábula VI 6.La pava y la hormiga Al salir con las yuntas Los criados de Pedro, El corral se dejaron De par en par abierto. Todos los pavipollos Con su madre se fueron, Aquí y allí picando, Hasta el cercano otero. Muy contenta la Pava Decía a sus polluelos: «Mirad, hijos, el rastro De un copioso hormiguero. Ea, comed hormigas, Y no tengáis recelo, Que yo también las como: Es un sabroso cebo. Picad, queridos míos: ¡Oh qué días los nuestros, Si no hubiese en el mundo Malditos cocineros! Los hombres nos devoran, Y todos nuestros cuerpos Humean en las mesas De nobles y plebeyos. A cualquier fiestecilla Ha de haber pavos muertos. ¡Qué pocas navidades Contaron mis abuelos! ¡Oh glotones humanos, Crueles carniceros!» Mientras tanto una Hormiga Se puso en salvamento Sobre un árbol vecino Y gritó con denuedo: «¡Hola! con que los hombres Son crueles, perversos; ¿Y qué seréis los pavos? ¡Ay de mí! ya lo veo: A mis tristes parientes, ¡Qué digo! a todo el pueblo Sólo por desayuno Os le vais engullendo.» No respondió la Pava Por no saber un cuento, Que era entonces del caso, Y ahora viene a pelo. Un gusano roía un grano de centeno: Véronlo las Hormigas: ¡Qué gritos! ¡Qué aspavientos! «Aquí fue Troya, dicen: Muere, pícaro perro»; Y ellas ¿qué hacían? Nada: Robar todo el granero. Hombres, Pavos, Hormigas, Según estos ejemplos, Cada cual en su libro Esta moral tenemos. La falta leve en otro Es un pecado horrendo; Pero el delito propio No más que pasatiempo.

7. El enfermo y la visión

Fábula VII 7.El enfermo y la visión «¡Conque de tus recetas exquisitas, Un Enfermo exclamó, ninguna alcanza!…» El médico se fue sin esperanza, Contando por los dedos sus visitas. Así desengañado, Y creciendo por horas su dolencia, De este modo examina su conciencia: «En todos mis contratos he logrado, No lo niego, ganancia muy segura; Trabajé en calcular mis intereses: Aumenté mi caudal en pocos meses, Más por felicidad que por usura. Sin rencor ni malicia Hice que a mi deudor pusiesen preso: Murió pobre en la cárcel, lo confieso; Mas, en fin, es un hecho de justicia. Si por cierto instrumento Reduje una familia muy honrada A pobreza extremada, Algún día leerán mi testamento. Entonces, muerto yo, se hará patente, En la tierra lo mismo que en el cielo, Para alivio de pobres y consuelo, Mi caridad ardiente.» Una Visión se acerca y dice: «Hermano, La esperanza condeno Del que aguarda a morir para ser bueno. Una acción de piedad está en tu mano: Tus prójimos, según sus oraciones, Están necesitados: Para ser remediados Han menester siquiera cien doblones.» «¡Cien doblones! No es nada. tY si, porque Dios quiera, no me muero, Y después me hace falta ese dinero, Sería caridad bien ordenada?» «Avaro, ¿te resistes? Pues al cabo Te anuncio que tu muerte está cercana.» «¿Me muero? Pues que esperen a mañana.» La Visión se volvió sin un ochavo.

8. El camello y la pulga

Fábula VIII 8.El camello y la pulga Al que ostenta valimiento Cuando su poder es tal, Que ni influye en bien ni en mal, Le quiero contar un cuento. En una larga jornada Un Camello muy cargado Exclamó, ya fatigado: «¡Oh qué carga tan pesada!» Doña Pulga, que montada Iba sobre él, al instante Se apea, y dice arrogante: «Del peso te libro yo.» El Camello respondió: «Gracias, señor elefante.»

9. El cerdo, el carnero y la cabra

Fábula IX 9.El cerdo, el carnero y la cabra Poco antes de morir el corderillo Lame alegre la mano y el cuchillo Que han de ser de su muerte el instrumento, Y es feliz hasta el último momento. Así, cuando es el mal inevitable, Es quien menos prevé más envidiable. Bien oportunamente mi memoria Me presenta al Lechón de cierta historia. Al mercado llevaba un carretero Un Marrano, una Cabra y un Carnero. Con perdón, el Cochino Clamaba sin cesar en el camino: «¡Ésta sí que es miseria! Perdido soy, me llevan a la feria.» Así gritaba; mas ¡con qué gruñidos! No dio en su esclavitud tales gemidos Hécuba la infelice. El carretero al gruñidor le dice: «¿No miras al Carnero y a la Cabra, Que vienen sin hablar una palabra?» «¡Ay, señor, le responde, ya lo veo! Son tontos y no piensan. Yo preveo Nuestra muerte cercana. A los dos por la leche y por la lana Quizá no matarán tan prontamente; Pero a mí, que soy bueno solamente Para pasto del hombre… no lo dudo: Mañana comerán de mi menudo. Adiós, pocilga; adiós, gamella mía.» Sutilmente su muerte preveía. Mas ¿qué lograba el pensador Marrano? Nada, sino sentirla de antemano. El dolor ni los ayes es seguro Que no remediarán el mal futuro.

10. El león, el tigre y el caminante

Fábula X 10.El león, el tigre y el caminante Entre sus fieras garras oprimía Un Tigre a un Caminante. A los tristes quejidos al instante Un León acudió: con bizarría Lucha, vence a la fiera, y lleva al hombre A su regia caverna. «Toma aliento, Le decía el León; nada te asombre; Soy tu libertador; estáme atento. ¿Habrá bestia sañuda y enemiga Que se atreva a mi fuerza incomparable? Tú puedes responder, o que lo diga Esa pintada fiera despreciable. Yo, yo solo, monarca poderoso; Domino en todo el bosque dilatado. ¡Cuántas veces la onza y aun el oso Con su sangre el tributo me han pagado! Los despojos de pieles y cabezas, Los huesos que blanquean este piso Dan el más claro aviso De mi valor sin par y mis proezas.» «Es verdad, dijo el hombre, soy testigo: Los triunfos miro de tu fuerza airada, Contemplo a tu nación amedrentada; Al librarme venciste a mi enemigo. En todo esto, señor, con tu licencia, Sólo es digna del trono tu clemencia. Sé benéfico, amable, En lugar de despótico tirano; Porque, señor, es llano Que el monarca será más venturoso Cuanto hiciere a su pueblo más dichoso.» «Con razón has hablado; Y ya me causa pena El haber yo buscado Mi propia gloria en la desdicha ajena. En mis jóvenes años El orgullo produjo mil errores, Que me los ha encubierto con engaños Una corte servil de aduladores. Ellos me aseguraban de concierto Que por el mundo todo No reinan los humanos de otro modo, Tú lo sabrás mejor; dime, ¿y es cierto?»

11. La muerte

Fábula XI 11.La muerte Pensaba en elegir la reina Muerte Un ministro de Estado: Le quería de suerte Que hiciese floreciente su reinado. «El Tabardillo, Gota, Pulmonía Y todas las demás enfermedades, Yo conozco, decía, Que tienen excelentes calidades. Mas ¿qué importa? La Peste, por ejemplo, Un ministro sería sin segundo; Pero ya por inútil la contemplo, Habiendo tanto médico en el mundo. Uno de éstos elijo… Mas no quiero, Que están muy bien premiados sus servicios Sin otra recompensa que el dinero.» Pretendieron la plaza algunos vicios, Alegando en su abono mil razones. Consideró la Reina su importancia, Y después de maduras reflexiones, El empleo ocupó la Intemperancia.

12. El amor y la locura

Fábula XII 12.El amor y la locura Habiendo la Locura Con el Amor reñido, Dejó ciego de un golpe Al miserable niño. Venganza pide al cielo Venus, mas ¡con qué gritos! Era madre y esposa: Con esto queda dicho. Queréllase a los dioses, Presentando a su hijo: «¿De qué sirven las flechas, De qué el arco a Cupido, Faltándole la vista Para asestar sus tiros? Quítensele las alas Y aquel ardiente cirio, Si a su luz ser no pueden Sus vuelos dirigidos.» Atendiendo a que el ciego Siguiese su ejercicio, Y a que la delincuente Tuviese su castigo, Júpiter, presidente De la asamblea, dijo: «Ordeno a la Locura, Desde este instante mismo, Que eternamente sea De Amor el lazarillo.»